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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

Los balances

A la espera de que quien corresponda, que ahora va a ser más complicado de determinar en la maraña de ministerios que han enredado don Pedro y sus socios, se ponga a la tarea, no estará de más insistir en un asunto que había, en apariencia, pasado a un segundo plano: el de los aeropuertos gallegos. Que han vivido etapas diferentes, pero no de sosiego entre ellos ni con los mercados y que ahora -como informó FARO- aportan algunos datos de especial preocupación. De los tres existentes, dos crecen, pero no lo bastante, y otro, el de Vigo, pierde vuelos y pasajeros, aunque no pueda hablarse de desplome. Pero no es buena señal.

Conste que lo que precede no es, ni lo pretende, un retorno a las antiguas quejas ni a la polémica acerca de la idoneidad o el inconveniente de que un territorio tenga un trío de terminales aéreas o de que estén distribuidas de forma geográficamente incorrecta. Entre otras razones porque cambiar su ubicación o cerrar alguna sería peor como remedio que el mal que se pretendiera resolver. Por tanto, lo que procede es retomar lo que siempre fue preciso y nunca se intentó en serio: emplear esos aeropuertos pensando en el todo y no solamente en las partes. De Galicia se habla, por descontado.

A partir de ahí habría que recorrer otras causas de los problemas, desde los intentos de convertir a Lavacolla, Alvedro y Peinador en piezas de un juego político entre gobiernos -autonómico y municipales- en la procura de beneficios partidarios. Y se llegó a la pugna por lograr servicios de empresas low cost como reclamo de pasajeros y, por tanto, de actividad económica. Algo que dio lugar a suspicacias a causa, en determinados momentos, de lo que pareció -y algunas veces más que eso- favoritismo de la Xunta hacia ciudades regidas por sus correligionarios.

Ese apartado de desconfianzas se vio agravado por uno de sus efectos colaterales: el trato desigual a la hora de disponer de recursos para entrar en lo que alguien llamó subasta de condiciones favorables para atraer compañías. Utilizando dinero público en todos los casos, lo que -aunque siempre negada- daba ventaja a quienes más próximos estaban de la mejor fuente de financiación. Pero nadie se percató de que, además de la subvención, la respuesta dependería de la marcha del negocio a nivel global, Y si no era buena, las empresas se irían. Punto.

Los balances no han sido los esperados: queda dicho que casi nunca crecieron lo preciso para considerarse un éxito -aunque en algún caso llegaron a pregonarse como tal-, aunque no decepcionasen del todo. Lo que ocurrió fue que la competencia entre próximos benefició al que, más lejano, supo ver su oportunidad y trabajarla como es debido: Oporto. Y si Galicia no corrige sus defectos aeroportuarios, especializa, coordina y organiza sus servicios de otra manera, puede que gane alguna batalla, pero acabará perdiendo la "guerra". Y si ese es el balance definitivo no quedaría otra que ejercer de Boabdil. Todos.

¿O no...?

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