Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

ilustres

Paisanaje (y II)

Se detiene delante de las escaleras de la iglesia de Santo Domingo y mira hacia el colegio de La Purísima desde donde provienen unas voces cristalinas, que él cataloga como virginales, y se imagina a sor Luisa o sor Sabina o sor Candelaria dirigiendo el coro; recuerda entonces que en una conferencia que impartió en el Liceo, Álvaro Cunqueiro confesó que el cielo era ese lugar de Mondoñedo donde él se sentaba a escuchar los cánticos que fluían desde el convento de las monjas como alas inmensas, así dijo don Álvaro, de aves que aprovechan una corriente de aire, lentas y majestuosas. Justo en ese momento salen de la iglesia el sacristán Tinín y el párroco, Álvarez Arias, a quien Antonio Randulfe hace ademán de besar la diestra pulcra y cuidada.

A la altura de Cardenal Quiroga, en dirección al cine Mary, ve descender a Turbi que, fantasea Randulfe, quizá acuda al cine para ver Mary Poppins o Cleopatra o El profesor chiflado; frente al cine hay un oratorio en el cual a veces se cobija nuestro hombre, cuando el desasosiego es más agudo que de costumbre, por ejemplo ahora, con la guerra fría y todo ese lío de Kennedy y Jruchev y Fidel Castro y Dios nos coja confesados, amén.

Al entrar en la plaza del Hierro se huele la mano con la que sostuvo la de Álvarez Arias y detecta cierto aroma de colonia a granel, un aroma infantil, como de limbo. La plaza, esta plaza del Hierro, es uno de los lugares preferidos de don Antonio, con sus soportales, sus majestuosos edificios, la ferretería Blanco y la airosa fuente en cuya escalinata Paxaro apura una botella de tintorro. El tiempo se remansa en la plaza con el demorado atardecer, como las puestas de sol estivales en el faro de Finisterre, a donde acudió un día de julio con una excursión organizada por la parroquia de la Trinidad. Cree don Antonio que la plaza del Hierro es el centro de Ourense y acaso no yerre demasiado. En la puerta del bar Mejillón descubre a Pepiño que dialoga con Jaime Quessada, Vidal Souto y Alexandro: a saber de qué hablarán los artistas excéntricos, bohemios y anarquistas: una peste. Enlaza con la calle de la Paz a la que íntimamente Randulfe Sacristán sigue denominando rúa dos Zapateiros; en un rapto de gula que no considera ni pecado venial, desciende al interior del bar Orellas, a una de cuyas mesas se sientan Otero Pedrayo y José Luis López Cid que, como conspiradores, comparten vino y confidencias.

El artesonado de jamones y cachuchas estimula su apetito y encarga una de orella y una cerveza San Martín; al abandonar el bar, como hace con frecuencia, robará una aceituna negra de las tinajas expuestas a la entrada de los ultramarinos La Serrallina (a) El Aceitunero. Al llegar a la esquina de Coronel Ceano cede el paso a dos hileras de seminaristas que, ceñidos con fajines azules, ascienden hacia la catedral; detrás de ellos descubre al capitán Bombilla que contempla ensimismado el escaparate del bazar Puga. Antonio siente debilidad por la calle de las Tiendas por su frescor estival y ve entrar a Pedro Arcas en la emisora de radio; en la sombrerería La Lucha considera la posibilidad de adquirir un sombrero para combatir el frío que, como las nieblas, sube desde el Miño al final del otoño; nieblas que provocan el lugar común que corre de boca en boca en todas las conversaciones: Esto parece Londres.

Randulfe Sacristán acelera el paso para dejar atrás la plaza Mayor y entra en la calle Colón, que algunos continúan llamando Pelouriño. Apuntan en esa calle los primeros síntoma de su futuro estado ruinoso, como si nadie se preocupase de restañar los desgarrones del tiempo; mantiene un breve diálogo con el pintor Virxilio que augura que cuando el barrio chino desaparezca, la ciudad será un reducto de funcionarios y curas sin porvenir y añade que a la Chichona habría que erigirle una estatua en la plaza de la Herrería porque es la madame Curie del sexo y nuestro héroe no entiende la frase porque los artistas, como ya se dijo, están todos como putas cabras.

Al llegar al instituto recita aquello que aprendió de memoria en la escuela: Cristóbal Colón, navegante genovés, etcétera. Y entra en el jardín del Posío. El jardín del Posío es un sueño indiano en los arrabales de la ciudad: patos, cisnes, pavos reales y otras aves exóticas alardean su plumaje y sus cantos entre las palmeras. Es un refugio donde se perpetúa la paz que fue desalojando el centro de Ourense. Posee algo de claustro natural donde los niños juegan, los viejos pasean lentamente, las parejas consolidan sus relaciones o las rompen, donde todo reivindica un orden que algún día saltará por los aires con las verbenas de las fiestas del Corpus.

Mejor que Randulfe no piense en que en un mañana aún no escrito morirán los cisnes, los pavos reales, todas las aves que ahora colman con sus trinos, sus gorjeos, sus zureos, el aire de la noche que empieza a caer. Antonio Randulfe Sacristán se sienta en un banco y, ceremoniosa, ritualmente, enciende el puro que le obsequió el doctor Peña Rey una hora antes en el parque de San Lázaro. Sic transit etcétera.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats