17 de noviembre de 2019
17.11.2019
Faro de Vigo

El voto de la ira

La palabra "deplorables" fue pronunciada por Hillary Clinton en un acto de campaña electoral, cuando dijo que la mitad de los seguidores de Donald Trump eran unos "racistas, sexistas, homófobos, xenófobos e islamófobos"

17.11.2019 | 04:42
El voto de la ira

La palabra "deplorables" fue pronunciada por Hillary Clinton en un acto de campaña electoral, cuando dijo que la mitad de los seguidores de Donald Trump eran unos "racistas, sexistas, homófobos, xenófobos e islamófobos". El calificativo dio bastante juego a los estrategas republicanos y a los presentadores de Fox News, cadena que publicó en su página web el merchandising que habían generado las declaraciones, con fotografías de chapas, camisetas, tazas y gorras en las que los deplorables decían sentirse orgullosos de ser unos deplorables. Poco tiempo después, la candidata demócrata tuvo que disculparse y, tras perder las elecciones, reconoció en una entrevista que le había entregado a su adversario un "regalo político". Algunos, entonces, quisieron enfocar el problema de un modo más etnográfico. Había que hacer el esfuerzo de "comprender" a esos votantes y analizar el fenómeno con rigor y empatía, indagando en los motivos por los cuales esas personas, quienes no hace mucho habían formado parte del electorado del Partido Demócrata, decidieron confiar en un magnate sin experiencia política que, recuperando el lema nixoniano de la "mayoría silenciosa", se presentaba como el líder de las clases populares.

En The Fall of Wisconsin, de Dan Kaufman, no solo se aborda esta paradoja sino que también se pretende explicar por qué Wisconsin, un estado tradicionalmente progresista, se convirtió en "un campo de pruebas de los conservadores diseñado para rehacer la política estadounidense". A principios del siglo pasado, la cámara legislativa estatal estableció programas de compensación laboral, impuestos progresivos sobre la renta y leyes contra el trabajo infantil. Fue, por ejemplo, el primer estado del país en crear un seguro de desempleo. Theodore Roosevelt decía que Wisconsin era "un laboratorio para una legislación experimental destinada al mejoramiento social y político de las personas". El asunto, por supuesto, es más complejo. No hay que olvidar que Wisconsin también envió al Senado a Joseph McCarthy. Pero tampoco es discutible que, en medidas sociales, el estado se convirtió en una referencia a nivel nacional.

En esta región del Medio Oeste de los Estados Unidos la política dio un giro radical en los últimos años. Todo comenzó, más o menos, en 2010, cuando el republicano Scott Walker, en pleno auge del Tea Party, ganó las elecciones a gobernador y se propuso destruir a los sindicatos del sector público, así como realizar grandes recortes en educación (lo cual dañó gravemente a la Universidad de Wisconsin-Madison), y acabó por materializarse en 2016, cuando, contra todo pronóstico (las encuestas indicaban lo contrario), Donald Trump consiguió hacerse con los votos del estado para los republicanos en las elecciones presidenciales, algo que no sucedía desde 1984.

Wisconsin fue crucial en la derrota de Hillary Clinton. Kaufman se pregunta entonces cómo es posible que este estado haya cambiado tanto. Lo mismo que se preguntaba Thomas Frank en ¿Qué pasa con Kansas?, otro libro donde se examina un trasvase de votos similar en las Grandes Llanuras durante la era de George W. Bush. Estos lugares son exhibidos como microcosmos de la nación. Los autores intentan entender por qué la gente vota (supuestamente) en contra de sus propios intereses, es decir, por qué los miembros de la clase trabajadora votan a un partido cuyo programa económico no parece beneficiarles. O por qué los ciudadanos se han vuelto más insolidarios, o más racistas, o más intolerantes, o más misóginos. Las respuestas que se ofrecen en estas obras suelen estar relacionadas con la influencia del dinero en la política (gasto ilimitado en la financiación de las campañas, sobre todo después de que el Tribunal Supremo decidiera que restringir las donaciones privadas constituye una violación de la Primera Enmienda), las llamadas "guerras culturales" (hablar más del aborto, las armas, "la amenaza" del multiculturalismo, etc.) y el resentimiento hacia las élites. Se sugiere que los republicanos manipularon a la opinión pública y los demócratas no supieron contraatacar de una manera inteligente o con la misma agresividad que sus oponentes.

Pero en estos interesantes y documentados análisis a veces se pasa por alto la responsabilidad del votante, al cual se le confiere una agencia excesivamente limitada. El voto "emocional" o "de castigo" también tiene consecuencias para quienes acuden a las urnas dejándose llevar por ese tipo de impulsos. Nos preguntamos: ¿Hay sesenta y dos millones de supremacistas? ¿Más de tres millones de franquistas? Muchos están desencantados con el sistema y quieren que sus representantes reciban un escarmiento. Muchos, quizás, hasta sienten vergüenza cuando sus líderes realizan comentarios sexistas o xenófobos. Pero los votantes que apoyan a candidatos que normalizan esas ideologías, justificándolas o absteniéndose de condenarlas, sí pueden estar ayudando a crear una sociedad en la que ciertos extremismos y comportamientos autoritarios comienzan a ser aceptados. El enfado, además, puede ser contraproducente. En 2018, Scott Walker perdió las elecciones contra el demócrata Tony Evers, superintendente de las escuelas estatales de Wisconsin. El nuevo gobernador está intentando ahora reconstruir la educación pública sobre las ruinas que dejó su antecesor. En la victoria de Walker, decían algunos analistas, había predominado "el voto de la ira". Es lo que tiene romper el tablero. Al final, todos los jugadores salen perdiendo.

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