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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

En camino hacia el radical/cantonalismo

El Congreso de los Diputados se acerca a una representación de grupos minísculos con certificado de origen - En Galicia, la fragmentación se da solo en parte de la izquierda: su derecha es una de las pocas donde Vox no tiene acta

Uno de los atractivos que aguardan al porvenir de lo político parece, sin duda, el cómo se las arreglará don Pedro Sánchez para explicar a la sociedad española que quienes hace poco más de seis meses le quitaban el sueño como posibles aliados, entre otros motivos por carecer de experiencia en la gestión de los grandes asuntos, van a ser los mismos con los que tendrá que dialogar -y algunos otros- para formar un gobierno.

Es posible, desde luego, que repita la misma oferta, quizá con matices, de una vicepresidencia y un par de ministerios de medio pelo a los podemitas, pero va a sonar raro. Aunque el presidente en funciones no parece darle importancia a sus contradicciones aunque resulten clamorosas. Aparenta convencido de que su misión histórica es llevar el "progresismo" a Moncloa, como si Felipe González y Zapatero hubiesen instalado allí un estigma conservador. Y ese programa, el de la reapertura de diálogos y explicaciones, batirá récords de curiosidad, en parte ingenua y en parte malsana, y permitirá al presidente -en funciones- demostrar de nuevo su versatilidad dialéctica.

Queda dicho que ése será uno de los atractivos del gran teatro postelectoral que está por abrirse -un aperitivo fue la renuncia de Albert Rivera a seguir en la vida pública: otro ejemplo del implacable "¡vae victis...!"-, pero no el más importante. O el que mayores inquietudes suscita en buena parte de los que votaron este 10/N, sin ir más lejos, la atomización del Parlamento, que hay quien llama diversidad y la alaba como riqueza y bastantes otros la comparan con una plaga a la que ya bautizaron como el radical/cantonalismo. Y que sería un riesgo colateral a los nacionalismos que, por definición, con todos independentistas, aunque unos cuantos no hayan decidido proclamarlo a voz en grito y por ahora lo camuflen en lo del "derecho a decidir" que los audaces definen como autodeterminación. Es lo mismo, pero la primera denominación parece aceptar sutiles diferencias de tiempo y forma que de algún modo suavizan la proclamación sin restarle carga emotiva para los que profesan esa fe.

En realidad, el cantonalismo no es un invento moderno. En la España de la I República se desarrolló incluso en términos bélicos entre Cartagena, proclamada cantón independiente, y sus vecinos. Fue aquel un conflicto que amargó a los cuatro presidentes del muy breve periodo que duró ese régimen, y dejó para los anales una anécdota pintoresca: Figueras, el primero de aquel cuarteto, llegó a hartarse de los debates hasta tal punto que desde la tribuna dijo a la Cámara lo de "señorías, estoy de ustedes hasta los cojones", y se fue a su despacho, firmó una carta de dimisión y sin más se desplazó a la estación del ferrocarril para volver a su casa. Quizá fuera el primer conato de lo que ahora llaman radical/cantonalismo, pero habrá que esperar y ver, porque el número de minipartidos con denominación de origen promete tardes, sino de gloria, o al menos de distracción. Claro que la muerte de Labordeta, diputado aragonés regionalista que enviaba a los conservadores "a la mierda" en los debates, habría sido idóneo para los nuevos tiempos en caso de jaleo: descanse en paz.

(Es posible que alguien crea exagerada la denominación o la descripción. Pero se llame como se llame, el Congreso de los diputados tiene ahora un perfil en apariencia al menos distinto a lo que imaginaron las Cortes constituyentes. De hecho, parece ir por el camino del cantonalismo, primero, desde el punto y hora en que hay ya electos con partido propio por Teruel, Canarias, Baleares, Valencia, Cantabria y, por supuesto Cataluña, además de Ceuta y Melilla, que están en ello y nunca se sabe. E incluso este antiguo Reino, que ahora dispone de algo, es posible que confuso, denominado "Galicia En Común", rama del árbol de las franquicias de Podemos pero con ingredientes de Esquerda Unida y esencias de algún nacionalismo de los que no imprimen carácter. O al menos no lo hacen como el que defienden los hombres y mujeres del BNG desde hace muchos años y sin desfallecer, vocación y tenacidad que los hacen dignos de admiración.)

Aclaradas pues las dudas que podría suscitar la opinión de quien esto escribe cuando se refiere al cantonalismo -que convertirá muy mucho, por cierto, la tarea que aguarda a don Pedro Sánchez para formar un gobierno- resulta conveniente señalar el por qué del adjetivo "radical" que acompaña. Deriva del propio mapa saliente de las elecciones generales de este domingo, y que dibuja con claridad bloques diferenciados y dispuestos a no hacer la menor concesión al que estiman adversario. Un mapa en el que además los observadores se empeñan en resumir hablando dos bandos: en uno integran al PP, a los restos de Ciudadanos y a lo que llaman "la extrema derecha", cuya denominación oficial es Vox; en el otro a todos los demás, pese al error de incluir a gentes tan reaccionarias como la burguesía catalana discípula del grupo de Puigdemont-Torra, aparte de que se omite lo de "extrema izquierda" aunque la CUP, Bildu y alguno más puede superar en radicalidad a los del otro lado.

Expuesto lo anterior, que naturalmente resulta opinión personal de quien escribe, procede subrayar que en ese fenómeno del cantonalismo, y menos aún en el de la radicalidad, se excluye a Galicia. Y no sólo porque este antiguo Reino tiene fama bien ganada de moderación -no exenta de rebeldía cuando las causas que defiende obligan: ejemplos hay en su historia que lo demuestran- sino porque lo corroboran las últimas cifras electorales, y lo medible es poco opinable. Em todo caso es lo cierto que aquí no hay cantonalismo sino nacionalismo, que no es igual ni parecido, y los radicales tienen solera, no son como otros y hace mucho que bajaron del monte, oficializándolo en aquella Asamblea Nacional en O Carballiño de la que no salió ni referencia ni alusión a otro tipo de lucha que no fuera la de las urnas. Y conviene no dejar en el tintero, e insistir, que tampoco Vox en Galicia obtuvo acta en el Congreso, probablemente porque no hay lugar para los extremos en ningún lugar de ese mapa.

Pero es que, dicho sin la menor intención de elaborar un salmo a esta tierra, las fuerzas políticas que en ella compiten por puestos de elección en cualquiera de los tres niveles -local/provincial, autonómico y general- no dejan espacio para mucho más. En la derecha, curiosamente modernizada -y galleguizada- por un clásico tradicional como don Manuel Fraga, el "centro" quedó integrado en el PP tras la división y posterior desaparición de aquella Coalición Galega, heredera de la UCD, que apenas sirvió más que para secundar una moción de censura que dio paso al PSOE a la presidencia de la Xunta y, más tarde y como "remedio". a la llegada del patrón de la derecha. Y después se produjo el fulgor, también galleguizante, de Xosé Cuiña y nació el PPdeG. Que ha pasado, como diría el argot de la calle, "carros y carretas" para crecer y multiplicarse y, ahora, para volver a donde solía como el partido más votado de Galicia. Ya se verá en 2020.

La otra gran fuerza de Galicia, el PSOE, o PSdeG/PSOE, recorrió un camino más complicado que el de su adversario principal. Entre otras muchas razones porque careció de un líder tan indiscutible como lo fue Fraga en el PP y capaz de convencer a la mayor parte del electorado de su capacidad para defender a Galicia antes que a otro. Los socialistas tuvieron historia y compromiso con este antiguo Reino, pero sus líderes, llegada la democracia, fueron demasiado moderados para su tiempo -don Francisco Vázquez fue un ejemplo- o se anticiparon, como el caso de Abel Caballero, candidato a la Xunta al frente de una extraña que fracasó en el intento. Y, por cierto: fue sustituido en del mismo debate de investidura de Fraga por Emilio Pérez Touriño en una rocambolesca operación diseñada en el interior del PSOE. Ahora, y tras un repunte en abril, mantuvo posición que le capacita para dar la batalla con posibilidades dentro de un año. Con otro Caballero -Gonzalo- como candidato a presidir la Xunta, aunque no pocos creen, dentro y fuera, que no está dicha la última palabra.

En fin, la descripción de la Galicia política saliente del 10 de noviembre no requiere mayores capacidades. Lo que un día fue prometedor intento de estructuración de una alternativa al nacionalismo del Bloque -Anova, fundada y dirigida por una de las grandes figuras de la Transición en este lado del Padornelo, como Xosé Manuel Beiras- y formada por antiguos militantes del BNG, se diluyó poco a poco en inventos ocasionales y aunque en teoría representada en otras siglas, renunció a la convocatoria de abril y nunca más se supo o poco menos. Y en cuanto a Podemos, aquí ha dudado desde su nacimiento en aparecer como tal, optó por fórmulas que creía propicias para obtener votos y no provocar rechazo, pero ahora está en una situación parecida a la de la hibernación, que ni crece ni encoge. Aunque, eso sí, también protagoniza una situación pintoresca: esa izquierda, en Galicia, representaría bien el cantonalismo -casi una sigla por localidad- y desde luego el radicalismo -porque en eso andan sus dos representantes, si bien uno más que otra-, pero sin éxito en el ranking electoral, que es el mejor modo de medirlo. Dos diputados son demasiado poco para intentar convencer a alguien de que todo va bien y el futuro pinta aún mejor.

¿Eh??

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