¿Estaremos en unas horas en condiciones de proclamar que el resultado electoral facilitará la constitución de un nuevo gobierno?el resultado electoral facilitará la constitución de un nuevo gobierno? Nadie lo sabe, ni siquiera esos gurús de la demoscopia a quienes los líderes vendieron su alma. Si nos atenemos a la experiencia y a la actitud mantenida por los partidos durante los últimos meses y en campaña, el panorama probablemente será igual de confuso. También parecía que de los comicios del pasado abril había surgido una mayoría fácil de armonizar para tomar las riendas y aquí seguimos, compuestos y sin presidente. De entonces a acá, la dirigencia no ha dejado de cerrarse puertas y lanzarse trastos.

Esta permanente interinidad y la incertidumbre empezará a pasar factura más pronto que tarde y a minar la credibilidad de España. La posibilita la torpeza de una generación de políticos escasos de liderazgo y de compromiso, siempre pensando en las conveniencias personales y las de las siglas antes que en el bien común. Ocurra lo que ocurra, sólo puede conducir a un resultado: construir un gobierno que gobierne. Es decir, que cuente con un respaldo parlamentario múltiple y sólido. Elegir un presidente en minoría, el de la lista más votada como de manera pueril reclaman siempre, antes y ahora, quienes se ven como vencedores en la contienda, cerrará en falso el dilema y prolongará la inestabilidad.

Los dirigentes y sus más acérrimos acólitos se comportan como si fueran ajenos a la novedosa realidad multipartidista. Los votantes dictaminaron desde hace tiempo que la alternancia de dos formaciones preponderantes no resultaba conveniente y decidieron repartir en varias manos la baraja. Hay que asumir que negociar constituye la habilidad esencial para encarar esta nueva época. La fragmentación llegó para quedarse, igual que ocurrió en otras sociedades occidentales a las que anhelamos equipararnos.

¿De qué forma, si no, prosperarán los asuntos en beneficio de los ciudadanos? Con pactos de variados colores, con generosidad para ofertar renuncias y sin esperar apoyos gratuitos. Entre afines y, por qué no, entre dispares. Pactar no equivale a traicionar los principios propios, ni a entregarse a los del contrario. Ni tampoco el debate consiste en demonizar a quien piensa de otra manera y aplicarse en destruirle, encapsulados todos en una absurda y trasnochada dinámica de bloques. Si los actores públicos tardan mucho en interiorizar esta filosofía, si renuncian a realizar pedagogía entre sus conmilitones dejando de regalarles los oídos y empezando a llamar al pan, pan, causarán un serio estropicio a la confianza en el sistema.

La economía y Cataluña van a decidir, muy probablemente, el envite. En la coyuntura internacional y en la nacional, llegan desafíos que obligarán a mantener con firmeza la dirección y a tener claro el destino. Hay motivos fundados en los indicadores de paro y actividad para preocuparse. La desaceleración ya está aquí. Europa acaba de recortar severamente esta semana las expectativas de crecimiento. Y los efectos de las guerras comerciales y del Brexit todavía están por descontar. Respecto a la cuestión territorial, el secesionismo da un salto hacia el espanto y toma una deriva descontrolada. Los indicios de que la violencia se organiza e instrumentaliza desde el propio aparato autonómico en manos de los independentistas provocan estupor y alarma en unos españoles ya muy preocupados cuando el pulso solo se movía en el campo de los faroles y las ensoñaciones.

Que el gobierno que pueda componerse vaya a depender del voto de los diputados que aspiran precisamente a dinamitar el Estado, como caballos de Troya, pone de manifiesto las arenas movedizas a las que estamos llegando. Si los partidos no marcan claramente las fronteras de lo esencial y persisten en acentuar lo que les separa, supuestamente por el prurito de reforzarse ideológicamente ante sus bases, caerán en la trampa. Cuatro votaciones en cuatro años, y cuatro años improductivos. Aunque, como señaló irónicamente Ezra Pound, gobernar sea el arte de inventar problemas con cuya solución mantener a la población en vilo, ya existen demasiadas amenazas en el horizonte como para crear otra desde esta noche por la falta de entendimiento. Esa chispa puede provocar un incendio por hartazgo y desafección que deje tocadas a las instituciones y destroce lo que tanto costó construir.