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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

Los supermillonarios pagan menos a Hacienda que sus secretarias

Reconocía recientemente el inversor estadounidense Warren Buffett, uno de los hombres más ricos del mundo, que la gente como él paga menos a Hacienda que sus propias secretarias.

Todos los estudios indican en efecto un aumento del número de supermillonarios en todo el mundo: da lo mismo que hablemos de Europa, de Estados Unidos, América Latina, de China o de otros continentes

En casi todas partes el fisco trata mucho más favorablemente los ingresos que genera el dinero -es decir, las rentas del capital- que los de las personas que trabajan y dependen de su sueldo.

"El triunfo de la injusticia" ("The Triumph of Injustice",Ed. W.W. Norton & Company) se titula justamente un libro en el que los economistas franceses Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, profesores ambos de la Universidad de Berkeley, denuncian tal estado de cosas.

¿Cómo se va a pedir a la gente que crea en la democracia cuando el sistema fiscal beneficia de modo tan desproporcionado a una minoría cada vez más privilegiada?, se pregunta Zucman, que colaboró con Thomas Piketty, el autor de "El capital en el siglo XXI".

Por primera vez desde comienzos del pasado siglo, la carga fiscal que soportan los estadounidenses más ricos es inferior a la que se aplica a quienes trabajan en la industria, a quienes se dedican a la enseñanza o a viven de sus pensiones.

Ya pocos se creen aquel cuento, popularizado durante la presidencia de Ronald Reagan, de la "economía del goteo" (en inglés: trickle-down economics), según la cual si los superricos se ahorraban impuestos, podrían comprar más yates u otros objetos suntuarios, y ese aumento del gasto privado favorecería la creación de empleo.

Sabemos perfectamente adónde va la mayor parte de ese dinero que gracias a todo tipo de trucos fiscales y con la connivencia de muchos gobiernos escapa al fisco: a los llamados "centros offshore" como los de las islas del Canal o del Caribe, entre otros muchos que existen en el mundo.

De esa forma, un dinero absolutamente necesario para la investigación y el desarrollo, el mantenimiento de las infraestructuras, la sanidad, la educación y la mejora de los servicios públicos va solo en busca de lugares donde poder hacer aún más ricos a quienes amasan ya enormes fortunas.

Según las investigaciones de Zucman, mientras en los años sesenta del pasado siglo, los 400 estadounidenses más adinerados entregaban al fisco prácticamente la mitad de sus ingresos, el año pasado su carga fiscal se había reducido al 23 por ciento, algo menos que lo que tributaban los ciudadanos de menores ingresos.

El resultado de todo ello es que los ricos se han hecho cada vez más ricos: la parte de la renta nacional correspondiente al uno por ciento más adinerado de los estadounidenses ha pasado en cuarenta años de un 11 a un 20 por ciento, es decir que casi se ha duplicado, mientras que la de los ingresos medios y bajos ha caído en casi igual proporción.

Algunos economistas atribuyen, por un lado, a la globalización y, por otro, a la nueva economía digital el cada vez más desigual reparto de la riqueza en todos los países, opinión que no comparte, sin embargo, Zucman, según el cual no se trata de un fenómeno inevitable como los naturales, sino de una clara opción política.

Y pone como ejemplo lo ocurrido en EE UU tras la Gran Depresión: si a principios del siglo XX el sistema fiscal de aquel país favorecía a las grandes empresas y grandes fortunas, con el lanzamiento por el presidente Franklin D. Roosevelt del llamado New Deal y la participación del país en la Segunda Guerra Mundial se produjo un gran vuelco que obligó a los más ricos a tributar hasta el 90 por ciento de sus ingresos, algo que hoy parece casi impensable.

Aquella justicia distributiva acabó, sin embargo, con las políticas fiscales aplicadas tanto por Ronald Reagan en Estados Unidos como por el gobierno tory de Margaret Thatcher en el Reino Unido, consistentes en adelgazar continuamente el papel del Estado a base de reducir el gasto público y dejar cada vez mayor protagonismo a la iniciativa privada.

Esa nueva política económica, imitada luego por otros gobiernos, explica el surgimiento de movimientos populistas de índole nacionalista que, como el liderado por el multimillonario Donald Trump en EE UU, mientras prometen revertir a favor del pueblo esa tendencia, una vez conquistado el poder, hacen justamente lo contrario: volver a bajarles los impuestos a los ricos con el pretexto de reflotar la economía.

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