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José María de Loma.

Lavadora rota

Se ha roto la lavadora. Así, de repente. No va. Nada. Y gotea. Gotea mucho. Un poco hipnotizante ese goteo. Finalmente, un charco mudo y viscoso, turbio y expansivo dibuja en el suelo algo parecido al mapa de África. Para mi gusto ha quedado un poco grande Somalia. Estoy tentado de meter el pie y tratar de dibujar al lado, con el líquido, la península arábiga, pero decido que puede ser más útil llamar al técnico. Es la primera vez en mi vida que voy a hablar con un técnico de lavadoras y estoy un poco nervioso. Como cuando voy a presentar un libro o tengo que hablar en público o comprarme un traje. Podría ponerme el traje para llamar al técnico.

Antes de telefonear hago memoria sobre la muerte o desmayo de la lavadora, para narrarla bien al profesional. No se me puede olvidar que emitió un gorjeo o canto de cisne o vulgar ruido, como un grito lastimero y postrer. Llamo. Que mañana viene. Un día sin lavadora. Al segundo, no viene nadie. Estoy sin lavadora, sin charco y sin técnico. Tercer día. Vienen a arreglarla pero no tiene arreglo. Yo tampoco. Además de no tener charco, ni arreglo ni lavadora, comienzo a pensar en si no voy a tener camisas limpias. Me cercioro yendo al armario. Qué poco se usa el verbo cerciorar. Al cuarto día me informan de que lo mejor es que compre una nueva. Esa es una información que necesitaba pero que no me sorprende. Que me compre una nueva. No es una orden ni es una sugerencia. Es una frase que cae así, a plomo sobre mí, hombre sin lavadora. Y al quinto día, resucitó. Resucitó mi espíritu comercial. Compro una. Otra cosa es cuando me la traigan.

La escenita de yo en mi mismidad comprando una lavadora la reservo para dedicarle una columna entera. Pero hombre, por Dios, caballero, no sea usted imprudente, no me compare ambos centrifugados, caramba.

La lavadora rota, los calcetines que escasean. Podría comprar cada día calcetines, calzoncillos, pantalón y camisa, pero a poco que se prolongue la espera podría arruinarme. Aunque, bien visto, sería un hombre arruinado pero limpio. Siempre hay que ir bien vestido, no te vayan a dar un homenaje. Lavadora rota. Inconvenientes del primer mundo. Accidente inesperado. Una nadería comparado con los males reales que pueden caernos encima o sucedernos.

Estas cosas las pienso para que por lo menos, ya que no puedo lavar ropa, lave mi conciencia. Pero bueno, a ver si encima de no tener lavadora voy a criar remordimientos. Estaría bueno. Pienso. A veces, el pensamiento es el detergente de la conciencia. Como las desgracias nunca vienen solas, el frigorífico emite un ruido extraño. Parece que avisa de algo, aunque el muy tunante ya podría avisar también cuando se acaban las cervezas. Hay que ver lo que ensuciamos en esta casa.

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