Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Juan Tapia.

Nuestro mundo es el mundo

Juan Tapia

Franco, una larga muerte a plazos

La muerte sin dolor del franquismo permitió la Transición, pero dejó pendiente el entierro oficial

El jueves, a la hora del almuerzo, la directora de "El Periódico de Cataluña", Anna Cristeto, me enseñó con una amplia sonrisa la propuesta de portada que le enviaba Luis Mauri, su director adjunto. Sobre la fotografía del helicóptero, sobrevolando el Valle de los Caídos, un corto título decía: "Hasta nunca".

Exacto. El "hasta nunca" expresa la voluntad de acabar definitivamente con una etapa de autoritarismo y oscurantismo que, aunque finalizada con las elecciones de 1977, no está del todo muerta. ¿Por qué? Quizás porque el franquismo, al contrario que el colaboracionismo de Petain en Francia, Mussolini, o la Alemania Oriental con la caída del muro, no tuvo final dramático. La Transición fue muy positiva, incluso ejemplar, pero la falta de entierro ha tenido contrapartidas. Quizás la exhumación de sus restos del pasado jueves -43 años después- sea ese entierro oficial que nos permita finiquitar políticamente una época y trasladarla a los historiadores.

El "Franco ha muerto" es de 1975. Las elecciones democráticas de 1977 y la Constitución subsecuente mostraron que el "todo está atado y bien atado" -uno de los insoportables latiguillos del régimen- era una solemne majadería. ¿Por qué pues el entierro oficial del dictador ha tardado tanto?

Quizás porque la muerte del general de 1939, la del "Caudillo por la gracia de Dios" que ganó gracias al golpe militar contra la República, el entusiasmo de la Falange y el carlismo y al apoyo casi unánime de la jerarquía católica, ha sido una larga muerte a plazos. El golpista originario, amigo del eje Roma-Berlín, murió en 1945 con la victoria de los aliados y la famosa condena de la ONU. Pero aquella primera muerte demostró también su capacidad de adaptación. Sobrevivió como apoyo de Occidente contra el comunismo estalinista que se impuso en la Europa del Este y en media Alemania. Y en base a ello consiguió el concordato con el Vaticano (Pío XII) y el pacto de las bases militares con los americanos.

Pero España, aislada materialmente de Europa y fuera del Plan Marshall, continuó con su atraso económico (el PIB tardó mucho en recuperar el nivel anterior) y seguía siendo una dictadura con un fuerte control policial.

No podía sobrevivir sin salir de la miseria y gracias solo a la cruel persecución de los disidentes. Por eso en 1959 los llamados tecnócratas (muchos próximos al Opus Dei, al que algunos han definido como un protestantismo católico) lograron convencer a Franco de abrirse a las economías de mercado y seguir las recetas del FMI que acabarían con la autarquía del vetusto nacionalismo económico. El plan de estabilización de 1959, Alberto Ullastres, López Rodó y otros fueron los que cambiaron la camisa a Franco que empezó a hablar -solo algunos días- de apertura. Es curioso que el sastre del plan económico -impuesto por el FMI y los tecnócratas- fuera un cuasiexilado catalán, Joan Sardá Dexeus, que había pertenecido a Esquerra Republicana.

Fue la segunda muerte de Franco que tuvo que ver además como la otra cara joven del régimen -Manuel Fraga- abría las fronteras al bikini y al turismo internacional. El cimiento ideológico del nacionalismo falangista había sucumbido ante la decadencia y las malas costumbres occidentales. Llegó la inversión extranjera -en parte porque los salarios eran inferiores a los europeos-, el PIB creció y España empezó a vivir algo mejor. La dictadura siguió, surgió CC OO y la derecha más moderna y conectada -y el propio Juan Carlos de Borbón designado sucesor en 1969- llegó a la convicción de que, fuera de Europa, España no tenía ningún futuro. Y que eso exigía -gustara más o menos- libertades y democracia.

El régimen de Franco ya era un estorbo casi general. Y su muerte física -no sin miedo a la marcha atrás o a rebeliones callejeras- abrió el camino a la evolución pactada. Adolfo Suárez -impuesto personalmente por Juan Carlos- le dio la puntilla al régimen con una muerte sin dolor.

Pero la justicia histórica -Felipe González creyó conveniente no despertarla para no resucitar al mismo tiempo la tentación frentista- exigía algo más que una muerte dulce. Es lo que ha sucedido esta semana tras prometer Pedro Sánchez -el verano de hace ya un año- que los restos del dictador saldrían del Valle de los Caídos. Ha sido la cuarta muerte de Franco. Pero las resistencias encontradas indican que quizás el fantasma del franquismo conserve algo de la capacidad de supervivencia del que tras una guerra fraticida se erigió en "Caudillo por la gracia de Dios".

Compartir el artículo

stats