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Lo que hay que oír

A veces la vida no sigue

"La peor parte. Memorias de amor", un libro de Fernando Savater en el que todo el dolor tiene cabida

Aunque no aparece hasta el final del libro, me permito la licencia de copiarlo aquí al principio: "Sara Torres Marrero, mi Pelo Cohete, falleció a las tres y diez de la madrugada del 18 de marzo de 2015, en la habitación 414 del hospital de Donostia, edificio llamado 'del Tórax'. Terminaba así una tortura de nueve meses de esfuerzos clínicos tratando de rescatarla de un tumor cerebral de la variedad más agresiva, que es también la más frecuente". Pelo Cohete es el apodo cariñoso y cómplice de la mujer que compartió vida 35 años con Fernando Savater. Como ya conoce el lector el final, vayamos al comienzo. Qué complicada va resultando la biografía intelectual de Fernando Savater (San Sebastián, 1947) si la juzgamos desde el favor que ha ido recibiendo del público. Aún recuerdo a Gustavo Bueno, en los 70 del XX, perorar contra él, apoyado en que poco o nada se podía esperar de un filósofo que titulaba uno de sus libros Apología del sofista: el que defiende lo falso con tal de que tenga apariencia de verdadero. Poco a poco, empero, Savater conoció el éxito, llenaba salas con sus muy entretenidas conferencias, con su vigor y pasión llenos de expresividad. Se le citaba con harta frecuencia en las tertulias izquierdosas; su lista de libros es apabullante; llegaron los premios; sus artículos -sobre los más variados temas- aparecían por todas partes. Generaciones de bachilleres leyeron su Ética para Amador. Amenazado por ETA, hubo de vivir con escolta diez años: era un héroe civil. Sin embargo, de un tiempo a esta parte noto lo incómodo que se ha vuelto, quizá desde su militancia en UPyD o su acercamiento a Ciudadanos, partido del que es candidato en las próximas elecciones. Que el Savater de antes no es el Savater de ahora resulta lugar común en cualquier charla donde surja. Allá cada cual con sus juicios. Ahora, nos llega un libro -el último, promete- donde todo el dolor tiene cabida. Una inesperada continuación de aquel Mira por dónde. Autobiografía razonada, del 2003, en el que -confiesa- "conté bastante y callé mucho". ¿Es, entonces, nada más y nada menos que el lamento (el aullido dolorido) de un viudo enamorado a quien la muerte arrebató medio ser? Savater escribe "la peor parte de la vida", la obligación de escribir este libro es lo peor que le ha pasado. Pero "debía intentar hablar de ella, no solo de su pérdida, sino de ella viva y palpitante, de lo que vivimos juntos, de todo lo que me dio y no solo de lo que me quitó su ausencia". En la parte inicial, van quedando algunos puntos claros: "Perder las ganas de vivir [como al autor le ocurre] no significa tener más ganas de morir que de costumbre". También que "vivir sin alegría ha sido una experiencia nueva para mí, una ruptura con mi yo anterior". Y ataca un lugar común: "Pero el más notable descubrimiento que he hecho a costa de mi desdicha es la intransigencia general que rodea al doliente". Incluso añade una broma -dirigida a un imaginario pesamedante- sobre las condolencias tan bien intencionadas como vacuas: "Si a mí se me hubiera muerto tu mujer, probablemente me habría ido esa misma noche a celebrarlo". A Savater se le fue "la vigilancia fiel y fiable" (léase el pedazo de poema de Auden de la página 58) que Pelo Cohete ejerció, aquella que fuera su alumna criticona, de infancia canaria. Aquella mujer que perteneció a ETA: "Sí, adelante, es el turno de escandalizarte cuanto quieras. El amor de mi vida fue etarra durante un año por lo menos". Y va desgranando recuerdos juntos (o durante alguna separación: nuestro filósofo como depredador homosexual), o sea, el propósito del libro: la pasión conjunta por el cine y el cine nocturno en casa, los caballos, anécdotas en Harlem, las cartas de amor pessoanas, Savater como profesor universitario, los viajes (¿acaso excesiva esa guía viajera?), la bebida, la comida (Savater comía "como un vasco de tebeo", aunque tras haber pasado su época de gastroenterado, como tantos), el nacimiento y desarrollo del movimiento "Basta Ya" sin pararse en barras: "En los tiempos de plomo del País Vasco, el 'ranking' de indignidad ante el terrorismo lo encabezan sin duda los curas y luego los cocineros, guías intelectuales de un país dedicado al culto de los hisopos y las sartenes, pero los profesores de universidad, y sobre todo las autoridades académicas, no van muy rezagados?". La peor parte, en efecto, es contar -a lágrima viva, como declara- la ausencia. Natalia Ginzburg lo resume: "Después de muchos años, solo después de muchos años, cuando entre nosotros y esa persona se ha tejido una tupida red de hábitos, de recuerdos y de violentos conflictos, sabremos, por fin, que era de verdad la persona adecuada para nosotros, que no habríamos soportado a otra, que solo a esa persona podemos pedirle todo lo que nuestro corazón necesita". Sobre la parte agónica de su mujer, mejor no hablar: solo leerla, leer el horror. "La muerte es como cuando va a salir el tren y ya no hay tiempo para comprar revistas", amarga greguería de Ramón. ¿Qué queda luego? Lo que Karmelo Iribarren sabe cantar de modo tan exacto y en este libro se cita: "La vida sigue -dicen- / pero no siempre es verdad. / A veces la vida no sigue. / A veces solo pasan los días".

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