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Pedro de Silva.

Pero siempre le querremos

Acudo al rito del último filme de Woody Allen con el regusto nostálgico anticipado de otras veces, aunque a la vez con cierta prevención, pues a partir de una edad la acumulación de la nostalgia en el cuerpo tiene efecto parecido al de los metales pesados (no se expulsan), y ese lastre nos va anclando a un lado de la corriente del tiempo. Pero en apenas 10 minutos advierto que el temor era infundado, pues del viejo Allen ya apenas queda nada, y de su Nueva York tampoco: a fuerza de evocarla machaconamente en este vodevil urbano de clase alta, NY se queda en simple formato kitsch. Todos los personajes, de cualquier edad, talento o condición, tienen el mismo ingenio para los gags, que se acumulan de forma atropellada en las papilas gustativas, y empalagan la mente. Es admirable, eso sí, la perseverancia de Allen en seguir cultivando un género tan cautivador como el género Woody Allen.

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