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Juan Gaitán

El perdón

Ocho décadas después del final de la Guerra Civil yo no sé si nos queda odio todavía

Quien dijo (fue Severo Ochoa, me parece recordar) que las guerras civiles siempre duran cien años tenía la razón de la sabiduría. Ochenta años después del fin oficial de la nuestra, de aquel consabido "cautivo y desarmado..." continuamos dándole vueltas al asunto, llevándolo y trayéndolo. Ahí sigue, interfiriendo en nuestras vidas, en nuestros días, en conversaciones y quehaceres. La sombra roja de Caín sobre la vieja piel de toro no solo es alargada, sino muy perseverante. España, hoy, vuelve a ser ayer, como siempre.

Ocho décadas después yo no sé si nos queda odio todavía. Hay que tener en cuenta que odiar es fácil. Es tan fácil que está al alcance de cualquier zopenco, de cualquier inútil incapaz de la rosa, capaz solo de la espina. Tennessee Williams creía que "el odio es un sentimiento que solo puede existir en ausencia de toda inteligencia", y como casi siempre acertó de lleno. Lo más difícil es la fraternidad, esa meta situada en el horizonte de la utopía a la que, sin embargo, deberíamos tender con todas nuestras fuerzas, porque es la única posible.

Se me vienen estas cosas a la cabeza en estos días en que la luz es un poco más dorada y las tardes se echan más mansas sobre sí mismas, invitando a la mesura, porque asistimos al penúltimo capítulo del franquismo, el que va a dar con los huesos del dictador en una fosa un poco más modesta, apeándole los honores que jamás mereció, desahuciándolo del mausoleo que nunca debió tener y jamás debió alzarse.

Sin embargo, hay quienes señalan que todo esto no debería estar ocurriendo, y esgrimen el argumento de que es hora del perdón, de que deberíamos olvidar de una vez la contienda civil y sus heridas. El problema es que nunca se ha oído a nadie pedir perdón, que quizás sea el requisito más recomendable antes de que el perdón se produzca. Probablemente no sea indispensable, es cierto, pero queda elegante, cuanto menos, una cierta contrición que deje claras las intenciones de reconocer el daño causado y el noble arrepentimiento por haberlo ocasionado.

Es inevitablemente cierto que solo el perdón puede modificar el pasado, que únicamente con ese ejercicio de inmensa generosidad se puede sanar el dolor sufrido, restañar las heridas, iniciar la senda del olvido, que es siempre preferible a la del desquite. "Si vas a emprender el camino de la venganza cava dos tumbas antes de partir, una para tu enemigo y otra para ti", enseña el antiguo proverbio oriental. Pero hay varios modelos de tumbas, y de eso también debemos hablar cuando hablamos de perdón, de algún tipo de equilibrio entre el Valle de los Caídos y la cuneta.

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