Las muletillas del lenguaje, en muchos casos, llegan al diccionario de la Academia. Normalmente son objeto de polémica. Algunas son flor de un día porque el huracán de una moda amaina por su esencia misma de pasajera. La implantación de una palabra, un vocablo, una acepción antes era lenta y solamente entraba a formar parte de las páginas del libro recopilatorio académico cuando ya llevaba mucho tiempo en boca del personal. La globalización y el tránsito de migrantes aceleraron las incorporaciones en los últimos años. La extensión del idioma de Cervantes por el mundo de los negocios, las artes, los viajes, ha contribuido a popularizar muchas innovaciones.

Claro que esa velocidad actual en el empleo de nuevas expresiones ya es tal que empieza a separar a generaciones contiguas. De padres a hijos, de maestros a alumnos, de primogénitos a benjamines. Porque "crack", "cunde", "boquerón", "loco", "mórtimer"... ya no son lo que eran. También varía la construcción de frases, abundando los apócopes y los acrónimos. La tendencia es hablar menos, chatear y ahorrar en signos, en gastos, en todo. Expresión de los tiempos. En otros hubo la moda derivada del lenguaje carcelario/cuartelero/legionario y abundó cierta literatura con su uso. Ahora el chateo lleva a otros modos, simplificando, nacionalizando y localizando extranjerismos en muchos casos de nueva tecnología. Además influye también la falta de vocabulario del hablante y, según algunos estudios, el gregarismo o manifestación de pertenencia a grupo, clan, moda obliga a un uso particular.

"Cunde poga. En plan, Ros es mi crush.¡De una!". Lo que viene a significar que "Ros (Rosa, Rosendo, Rozalén?) me encanta". Cunde poga es "me gusta mucho" y crush viene a ser "flechazo". El resto de la frase son muletillas como antes se repetía vale, tío, la verdad? Normalmente los nuevos términos son una especie de calificativos para señalar predilección o desafección, a favor o en contra. Y muchos cambian de significado, a veces a todo lo contrario. "Un huevo" ahora es lo contrario a lo que representaba antes. Si un crack era el mejor en su categoría hoy puede ser un pringado, un matado, un parguela, el que no llega. Y pimpín es, según el tono o sesgo de la conversación, el/la bocazas, enterado/a, corto/a, desgraciado/a, para un/a centennials. Igual ocurre con rayar o rayarse, que dependiendo de la frase puede apuntar a enojo o trastorno. Y así tocho es ahora grandioso cuando antes era un ladrillo.

Aunque lo más común en el lenguaje de los nacidos este siglo es un prefijo que antes era peyorativo y ahora encabeza muchas palabras, las enfatiza: "Putoflipo", "Me putoatrae", "Me putoasquea". Marca así la diferencia con millennials, vejestorios y demás generaciones. En tiempos hubo un juego infantil que consistía en poner una sílaba pegada delante de cada palabra para que no te entendiesen "los otros". También funciona ahora la concentración, ya sea por apócopes, acrónimos o siglas. Malro o buenro se emplean como mal rollo o buen rollo; LMAO es el acrónimo de "laughing my ass off" que correspondería a "me parto el culo"; random sería presuntamente un anglicismo para ahorrar términos como accidental, aleatorio, casual, fortuito, extraño y algún otro vocablo; en fin, el lenguaje centennials se va llenando de palabras nuevas y si los millennials, vejestorios y demás no nos actualizamos a menudo nos quedaremos a dos velas. Si no los conoce ya, entreténgase buscando expresiones como shippear, carpetear, lol, to, parejas goals, stalkear, hater, troll, jai, jari, holi, miérder, pro, popu, pos, rata y un largo etcétera. Porque si no le dará cringe. Utilice "en plan" al comenzar cada intervención porque sino se le notarán las "carencias", muéstrese como un "tiburón" (masculino y femenino) porque sino le considerarán un "crack"... Y así veinticuatro siete.