Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Luis M. Alonso.

sol y sombra

Luis M. Alonso

El disfraz de Trudeau

A Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, le han pintado la cara la legión de ofendidos de la Tierra. Le reprochan conducta racista por haberse disfrazado hace años de Aladino en una fiesta en la que se embadurnó el rostro como Al Jolson en "El cantante de jazz".

El balance populista de Trudeau arroja una tendencia étnica algo excesiva, pero precisamente por todo lo contrario de lo que se le acusa. Persigue con denuedo la imagen de político moderno y comprometido, hasta tal punto que el año pasado en una viaje oficial a India aterrizaron, tanto él como su familia, con un repertorio de vestuario demasiado exagerado incluso para el casting de una película de Bollywood. Los propios indios, sonrojados, se lo hicieron notar.

Puede que el carácter extrovertido de Trudeau -a su padre, primer ministro entre 1968 y 1984 y refundador del Canadá moderno, también le gustaba posar con John Lennon y Yoko Ono- le haya hecho cometer más de un error, pero no creo que en su cabeza estuviese denigrar a nadie al dejarse fotografiar hace poco menos de veinte años con la cara pintada de negro en una fiesta temática llamada "Noches Árabes". El mundo gira, sin embargo, como una peonza mareada y lo que todavía anteayer se consideraba el más inocente de los actos puede ser hoy una afrenta contra la raza, la religión o el orden establecido. Trudeau, ante unas elecciones, ha ofrecido disculpas por un "pecado juvenil". Él mismo admite que haberse disfradado de Aladino, como yo o cualquiera nos disfrazamos algún día de pieles rojas, beduinos o esquimales, es un gesto racista.

Ha llegado la hora de reivindicar aquella vieja pintada de los setenta: "Que se pare el mundo, me quiero apear".

Compartir el artículo

stats