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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Trabajar más, rendir menos

Los pedagogos un tanto bárbaros de otros tiempos sostenían que la letra, con sangre entra; pero sobra decir que esos métodos ya han pasado al olvido. Ahora se aplican fórmulas más sofisticadas de aprendizaje que consisten en encerrar a los chavales durante horas y horas en el aula, aunque el resultado sea, más o menos, el mismo. Tampoco la letra con largos horarios entra.

Eso parece desprenderse, al menos, del último informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, organismo que reúne a muchos de los países más prósperos -y, por tanto, mejor educados- del mundo. En el caso de España, los alumnos reciben unas 130 horas más de enseñanza que el promedio de la OCDE, pero su rendimiento académico es inferior al de Finlandia, Suecia, Noruega y Japón, donde los estudiantes pasan bastante menos tiempo ante la pizarra.

Si las evaluaciones de PISA no mienten -y no hay porqué-, los chavales españoles están por debajo de la mayoría de sus colegas europeos en cuestión de letras y números; por no hacer ya enojosas comparaciones con ciertos países de Asia. De lo que bien pudiera nacer la sospecha de que la cantidad no se traduce necesariamente en calidad; ni por mucho madrugar, amanece más temprano.

Ocurre aproximadamente lo mismo con el trabajo que los escolares puedan obtener -si hay suerte- una vez concluido su período de formación. Todavía hoy sorprende que los españoles trabajen 240 horas más al año que los alemanes, pueblo al que se reputa con toda justicia de ser un modelo de laboriosidad. Al igual que en el caso de la educación, el quid parece estar no tanto en el número de horas que se le echan a la faena como en el rendimiento -al que llaman productividad- de cada minuto trabajado.

Abunda en esta idea el dato de que Grecia, con casi 2.200 horas de calendario, sea el país con mayor esfuerzo laboral de Europa desde el punto de vista cuantitativo. De poco parecen haberles servido a los griegos que inventaron la maratón esas maratonianas jornadas de trabajo, a juzgar por sus recientes desdichas financieras.

Bien al contrario, los países donde menos horas se trabaja en Europa son naciones famosamente prósperas como Holanda, Dinamarca, Francia, Suecia, Suiza o la antes mentada Alemania. Los más rencorosos opinarán que los ricos se las arreglan siempre para no dar golpe; pero tampoco hay que caer en las fáciles explicaciones. Más razonable será pensar que han alcanzado un grado de organización del trabajo lo bastante eficiente como para que una de sus horas de faena equivalga a cuatro de las de otros países menos ordenados en este aspecto. A menudo sucede que menos es más, incluso antes de que lo descubrieran los minimalistas.

Infelizmente, el Estado que tiene entre sus cometidos el de desasnar a las más jóvenes promociones del censo, parece haber asumido en España la idea de que basta echarle horas a la educación, igual que al trabajo, para obtener los resultados deseables. No es eso lo que luego dicen la OCDE, PISA y otros examinadores internacionales, más partidarios de mejorar la calidad de la enseñanza que de mantener a los alumnos en clase casi tanto tiempo como el encerado.

Tanto venir al taller (o al aula) y no sé a qué vengo, podrían decir los colegiales que, a pesar de todo, desarrollan luego brillantes carreras profesionales, a menudo en el extranjero. El día que el sistema mejore, lo van a petar.

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