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Pedro de Silva.

Patrullando la frontera

En el fondo del fondo la cuestión de la escapada agosteña no reside en costa o interior, ni en salir de España o quedarse, ni en el medio de transporte (coche, avión, barco o casa rodante), ni en puro descanso o instrucción, sino en usar rutas consabidas o inventarse alguna. Una ruta rara, por ejemplo, habría consistido en darse un paseo por la Alpujarra granadina, paraíso perdido casi de otro tiempo (media de edad de los hoteles, en perfecto estado: más de medio siglo) y última resistencia frente a la Reconquista, dar luego un salto a Melilla, donde su intemporalidad como de tiempo muerto se adorna de la mejor arquitectura de estilo modernista, y, tras un breve chapoteo malagueño, recalar en la bella Jaén, en la que no queda casi nadie en agosto, para encaramarse a las alturas de Despeñaperros donde se lidió la batalla de las Navas, de la que al final venimos todos, moros y cristianos.

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