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Las cuentas de la vida

Una crisis no solo económica

La crisis económica que se avecina en los próximos meses refleja una crisis política y moral mucho más honda. Por primera vez en décadas hay modelos autoritarios -sobre todo en Asia- que practican con buenos resultados un capitalismo no democrático. Para ellos Occidente ha dejado de ser atractivo en términos de prosperidad y progreso. Nos consideran una civilización decadente, vacía de valores, cínica y desesperanzada. El desarrollo chino, por ejemplo, se caracteriza por una ambición imperial que no desdeña en absoluto las últimas tecnologías. Representan la avanzadilla en campos como la genética, la biología sintética, la robótica o la inteligencia artificial. Invierten cantidades ingentes en infraestructuras, materias primas, parques científicos, reforestación, universidades, etc. Un proyecto global que implica a toda Europa y Asia, como es el caso de la Ruta de la Seda, y que, de llegar a materializarse, supondría un auténtico cambio en los equilibrios de poder y en los flujos comerciales. Y, lógicamente, las historias de éxito económico en el caso de estos países autocráticos ponen en duda uno de los mantras más queridos de Occidente: que a partir de cierto nivel de desarrollo la democracia -y, por consiguiente, las demandas de libertad- es inevitable. En una reciente entrevista, el empresario y filántropo Peter Thiel recordaba cómo, en los últimos veinte años, los japoneses se sienten cada vez menos atraídos por la cultura americana, frente a una tradición secular según la cual modernizarse consistía en asumir los patrones de Occidente, incluidos los políticos y culturales.

Al hablar de la caída de la civilización, el historiador Kenneth Clark se refiere al agotamiento de los pueblos como principal desencadenante. El agotamiento se refleja en el relativismo cultural y en la desconfianza ante el futuro, en una economía cada vez más dependiente de los esteroides de los tipos negativos y de la deuda para proseguir su marcha. El agotamiento es el invierno demográfico, la escasez de niños y de jóvenes y el envejecimiento generacional que nos habla de una sociedad cada vez más temerosa y menos dinámica; es el caos político que debilita las instituciones y la confianza en las mismas. El agotamiento lo representa también la llegada al poder de grandes demagogos: Donald Trump y Boris Johnson, Matteo Salvini y Alexis Tsipras.

El Banco Central Europeo lanzará seguramente una batería de medidas expansivas en el mes de septiembre. La FED ha recortado tipos en América. La inflación se desploma y la economía alemana ha decrecido en el último trimestre. El Brexit augura más turbulencias, mientras Berlín prepara un fuerte incremento en su gasto presupuestario. Es significativo que este pesimismo económico coincida con una fuerte fractura social, choques identitarios y un malestar con la democracia representativa. Queda por ver hacia dónde nos dirigimos en la próxima década y qué efectos reales tendrán sobre la sociedad tanto la Big Data como los impredecibles avances en la inteligencia artificial. En España seguimos sufriendo los efectos de la anterior crisis de 2008, al igual que buena parte de la Europa del Sur. Cada vez más debilitados, la tentación autocrática extiende su campo de acción. Cabe preguntarse qué sucederá cuando el peso del PIB chino y de sus satélites marque aún más la marcha de la economía planetaria. ¿Cómo afectará al mundo que el liderazgo global ya no corresponda a los Estados Unidos sino a China? ¿Qué supondrá en términos de calidad democrática, de libertades, de derechos y deberes? Son preguntas para las que no tenemos respuesta, pero que conviene ir reflexionando.

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