La soledad es letra monótona que todos los días repite lo mismo. Además suele ser fiel, nunca amenaza con marcharse... ¿Qué sentimiento humano puede penetrar la soledad? Junto a ella siempre se habla un lenguaje autobiográfico, el mismo que unos días nos hace felices y otros tristes; sí, desafortunadamente siempre es pretexto de anhelo y añoranza, nos conoce bien (muy bien) tiene la habilidad de apropiarse de nuestra sonrisa, y si la dejamos hasta de nuestra existencia. ¡Es infalible!

Hay personas que no saben estar solas, y para ello emplean la trayectoria del enamoramiento, tengo conocidos/as que cada poco tienen una nueva pareja; junto a la ilusión todo tiene un carácter más ameno, al principio suele ser revolución y poco a poco "tortura". Entiéndase por tortura la decepción y sus derivadas. Las personas revelamos nuestra resistencia junto a la fortaleza: inimitable movimiento personal e intransferible. Creo que no todos somos conocedores de ella, las controversias de la vida, si son súbitas, nos hacen argumentar erróneamente. Todos somos capaces de reunir una vida y sentarla junto a nosotros en el sofá... Pero no todos somos capaces de gestionar bien la soledad. Abandonarse a un sentimiento puede parecer romántico. Pero la vida lo confirma... Tarde o temprano los sentimientos envilecen a las personas, y sin esperarlo, volvemos a estar solos. Qué paradójico es todo, junto al rostro de lo humano está la exigencia, que a veces, nos convierte en solitarios. Somos de trazo dócil, lo demostramos a diario, estallamos de alegría, junto aquello que pensamos que va a duplicar nuestros afectos. Y lo peor, vemos la eternidad junto al dominio cerrado de la imaginación...

La soledad constituye un capítulo agradable si es supremo deseo. Pero la impuesta, lentamente le tuerce la cabeza a la vida hasta estrangularla, creo que todos necesitamos el lenguaje de los afectos, el mismo que nos hace agradable nuestro paso por la vida.

Hace pocos días, un señor mayor caminaba triste y cabizbajo, junto a sus pasos puede ver su soledad, al pasar junto a él le dije "adiós, Manuel", el señor levantó la cabeza y me dijo "no me llamo Manuel, me llamo Santiago". Manuel es el primer nombre que se me ocurrió; estoy segura que mientras me confirmó su nombre se sintió menos solo, nuestra existencia (creo) no termina con nuestra muerte, termina al percibir que no le importamos a nadie.