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Un centenario a lo grande en las Ruinas

El centenario del nacimiento de Casto Sampedro en 1948 adquirió una proyección extraordinaria, según el criterio unánime de cuantos participaron o estuvieron involucrados en las actividades programadas. La prensa de la época dijo que el acto principal en las Ruinas de Santo Domingo fue uno de los "más emotivos y evocadores que recuerda el historial pontevedrés, tan fecundo en salientes solemnidades culturales".

Esa pretensión acarició desde el primer momento el Museo Provincial como "un doble tributo de justicia y de gratitud", en palabras de su director, Filgueira Valverde, quien se mostró encantado del resultado conseguido.

La conmemoración de la efeméride por el Ayuntamiento, la Diputación y el Museo, se prolongó a lo largo de todo aquel año. También el artista Fernando Campo comprometió la elaboración de un busto en bronce, que materializó en 1949; el alcalde de Redondela promovió la colocación de una placa en su casa natal y hasta la Universidad de Santiago organizó en su honor un acto académico, donde se pidió la instalación de un vítor en los claustros.

La programación se abrió el 8 de abril, coincidiendo con el XI aniversario de su muerte, con una misa de réquiem en San Francisco. Algunas voces denunciaron entonces que "manos femeninas" arrancaban flores de los jardines de Casto Sampedro con demasiada frecuencia para adornar cestas y bolsos; una acción considerada como "signo de incultura". Parece que alguna señora se sonrojó y tragó saliva cuando conoció la denuncia.

La Orquesta Municipal de Bilbao ofreció a mediados de mayo dos conciertos, uno en el Teatro Principal y otro al aire libre, en reconocimiento a su labor musical, tan importante como su quehacer arqueológico.

Por fin, las Ruinas de Santo Domingo acogieron el 14 de noviembre la celebración principal, luciendo nueva cara y nueva iluminación. No había otro lugar más apropiado en Pontevedra para reconocer a don Casto la paternidad salvadora de aquellos restos históricos sesenta años antes.

El marqués de Lozoya, director general de Bellas Artes, encabezó la nutrida participación de autoridades y representaciones, incluida la flor y la nata del Patrimonio Artístico, desde Chamoso Lamas hasta Pons Sorolla. Cuando entró en el recinto y contempló el cuadro formado por un público tan selecto en emocionado silencio ante un marco incomparable, el citado marqués comentó a sus acompañantes que "estamos en un dibujo de Pérez Villaamil".

Ramón Otero Pedrayo pronunció una disertación magistral bajo el título "Chateaubriand, otoño en las Ruinas", una evocación del romanticismo que giró en torno a 1848, año de nacimiento del homenajeado y fecha decisiva para el devenir europeo, tanto para la vida en general como para el arte en particular. El conferenciante narró el acercamiento al literato francés por parte del joven Sampedro, "leído en la solana del pazo familiar", y luego efectuó un repaso por la vida y obra de Chateaubriand a través de diversas escenas no exentas de plasticidad y belleza, que encandilaron a todos los asistentes.

Finalizado el acto, la comitiva se dirigió al Museo para inaugurar la Biblioteca Sampedro, dotada de ejemplares muy selectos. Para entonces, buena parte del gran legado de don Casto estaba ya depositado en el citado organismo, tras una ardua negociación con sus herederos más directos.

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