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Pecados capitales

Sánchez e Iglesias incurrieron en soberbia y avaricia; esperemos que no lo hagan ahora en ira y pereza

Un adagio, repetido hasta la saciedad estos días, dice que España es un desastre que funciona. En septiembre se verá. De momento anotamos que Pedro Sánchez pecó capitalmente de soberbia y Pablo Iglesias de ambición (en cristiano, avaricia), que viene a ser el corolario político de la soberbia. Como le dijo el independentista Rufián, quizá el portavoz más constructivo estos días en el Congreso, "es un error no aceptar tres, cuatro, cinco ministerios. ¡Entren en el Gobierno y demuestren que son mejores!".

Sánchez no calibró bien la resiliencia de su oponente (socio) prioritario y confió demasiado en la suya, en una lucha, aireada hasta la náusea, por ver quién terminaba siendo más culpable del fracaso de la investidura y de la amenaza de nuevas elecciones que ahora planea sobre todos. Y además cometió el error de proclamar a los cuatro vientos que el escollo para fraguar un Gobierno de coalición era el empeño de Iglesias de ser ministro. Tras renunciar éste a su ambición, quedó al descubierto que el problema no era de nombres, ni siquiera de reparto de carteras y competencias (que es la versión que sobrevive), sino de programa, puro y duro, y de la desconfianza que da tener sentado al lado a quien compite por el mismo espectro de voto y no oculta que quiere vigilarte para que no incurras en socioliberalismo.

O, dicho de otro modo, mezclando programa y rédito electoral: el problema era de dinero: de quién tenía más para gastar en servicios a los españoles. Unidas Podemos quería "controlar la mitad del gasto público", reveló, dolorida más que dolida, Adriana Lastra, poco después de que Iglesias dijera que no querían "sillones, sino competencias para subir el salario mínimo, para frenar las privatizaciones sanitarias, para que haya por fin una ley de eutanasia, para bajar las tasas universitarias?". Todos ellos asuntos de los que el PSOE también quiere hacer bandera. Celos, celos. Mezclados, el rojo de la rosa y el morado del círculo dan morado claro.

Mención aparte merece el mercado persa en que Iglesias quiso convertir el jueves la tribuna de la Cámara, cuando ofreció renunciar al Ministerio de Trabajo a cambio de la cesión ("cédannos", dijo) las competencias en políticas activas de empleo. Este llamamiento a la negociación (en directo, in extremis, al límite) ha sido visto como una llamada "desesperada" al entendimiento, pero le cabe mejor el epíteto de descarada; otro capítulo, el último, de la pugna por el relato de la culpabilidad y el yo-no-fui.

Porque, ahora, Sánchez e Iglesias tienen que examinarse en septiembre y sería de agradecer que ninguno cayera en el pecado capital de la pereza; y que el socialista, además de en la soberbia, no incurriera también en la ira, ni su interlocutor en la gula avariciosa.

En el programa (quién lo aplica y cómo y con qué dineros) pueden ponerse de acuerdo, y si el encaje transversal de Unidas Podemos en el Ejecutivo requiere de cambios estructurales, la entente también es factible. No así si persisten la desconfianza y la inquina. Entonces morado lo veo, y no claro, sino muy, muy oscuro.

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