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Cerebretes

Últimamente hemos venido observando en ciudades y pueblos el notable cambio producido en materia de "movilidad urbana". Junto a los habituales caminantes, paseantes y corredores, contamos también con ciclistas, patinadores en línea y, desde hace algún tiempo, otras especies deambulantes que campan a sus anchas por el espacio público.

Aún no bien acostumbrados a compartir las aceras con los ciclistas, ahora también debemos hacerlo con otros usuarios al mando de los más extraños cachivaches. Hay uno que cuenta con pocos adeptos, sin duda por la especial habilidad que exige a su conductor. Básicamente se trata de una rueda -una sola rueda- con dos soportes laterales en los que se colocan los pies del bípedo que lo maneja balanceando su cuerpo. Movido por un motor eléctrico, se desplaza a gran velocidad mientras su ocupante va muchas veces absorto escuchando música con sus auriculares y sortea con agilidad a los viandantes con los que se cruza. Pero hay otros artilugios mucho más extendidos, como son los célebres patinetes eléctricos. A bordo de ellos vemos a ejecutivos trajeados disparados hacia su próxima reunión; a estudiantes que se dirigen a la Universidad o al Instituto; a funcionarios, empleados y público en general. Incluso los pilotan mamás y papás que llevan a sus retoños al colegio (burlándose de las leyes de la física y haciendo caso omiso a las especificaciones del fabricante sobre la carga máxima del aparato).

No vamos a negar las ventajas de estos nuevos medios de transporte: ocupan poco, se recargan en el enchufe de casa, no son excesivamente caros, tienen suficiente potencia para trasladar ágilmente a las personas y abaratan los costes de transporte en desplazamientos urbanos. Además, reducen el tráfico de vehículos de motor y apenas contaminan. Pero tampoco podemos ignorar sus inconvenientes: en la mayoría de las ciudades no existe una regulación específica acerca de su uso, normalmente no hay espacios acotados para su circulación y conviven mal con otros usuarios de las urbes. Por eso encontramos las situaciones más variopintas. Los hay que circulan por las aceras, otros por el carril bici (si lo hay) y los más atrevidos por la propia calzada, junto a coches, autobuses y camiones.

Pero el mayor peligro está, como casi siempre, en la cabeza de quien los conduce. Y así, no es infrecuente ver a algunos osados -y osadas- atravesar las aceras a toda mecha, alrededor de unos 30 kms/h, que no es poca cosa. Eso quiere decir que en un segundo se recorren más de 8 metros. Y si uno pesa 70 u 80 kilos (o aunque no los pese), es fácil imaginar lo que sucede si se tiene la desgracia de impactar con alguien que sale de su portal en el mismo momento en que se pasa por delante del mismo. No digamos ya si el atropellado es un niño, anciano o persona especialmente vulnerable. Todos hemos presenciado la alta velocidad a la que se mueven ciertos patinadores y algunos además han padecido o contemplado incidentes y accidentes serios. Vistas sus acciones y sus resultados, pareciera que algunos conductores de patinete albergasen en su cráneo más que un cerebro, un cerebrete. Porque no hay que ser muy avispado para darse cuenta del gran peligro que generan en su alocado deambular por aceras y otras zonas peatonales. Además de estar prohibida la circulación de vehículos por estas áreas, que están reservadas para peatones (y en espacios compartidos para éstos y para bicicletas, pero con absoluta preferencia para la bipedestación), frecuentemente no se contará con seguro alguno de responsabilidad civil. De modo que, si algún Fittipaldi embiste a un transeúnte, ya puede ir preparando el talonario y rezar todo lo que sepa para implorar no haberle provocado graves lesiones o la muerte.

Pero la responsabilidad no es solo de los usuarios. También las administraciones tienen buena parte de la culpa de la situación actual, pues ya no hace meses, sino años, que existen estas novedosas máquinas y, salvo alguna ciudad que ya ha dictado alguna ordenanza municipal en su propio ámbito de competencias, la cuestión no ha sido abordada a nivel central, y es evidente que ante la proliferación de estos nuevos vehículos, resulta obligada una estricta regulación en cuanto a las condiciones del conductor (edad mínima para utilizarlo), medidas de protección (la mayoría va sin casco), velocidad máxima, espacio de uso (que no debería ser nunca la acera), registro del vehículo, aseguramiento, etc.

Ya se han producido episodios de fallecimientos y causación de lesiones de consideración en España y en otros países. No esperemos más y demandemos de los poderes públicos una normativa clara y en beneficio de todos. Y que se impongan los cerebritos a los cerebretes.

*Magistrado y Profesor Titular de Derecho Penal

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