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Matías Vallés.

Un triunfo del fútbol, no de la mujer

"Las mujeres también podemos ser terroristas, podemos ser cualquier cosa que nos propongamos"

Las películas más importantes y numerosas de la cartelera están protagonizadas por mujeres, lo cual no evitará el llanto desconsolado sobre la discriminación en la pantalla de quienes no van al cine. Sin salir de este mes, La corresponsal con Rosamund Pike, Un atardecer en la Toscana con Krystyna Janda y Katarzyna Smutniak o La viuda con Isabelle Huppert y Chloë Grace Moretz.

Las mujeres dominan el humor negro contemporáneo, según se comprobaba por partida doble y con crudeza el año pasado en El espía que me plantó. Persuadida de que la igualdad debe propiciarse en las arenas más insospechadas, Kate McKinnon le predica a Mila Kunis que "las mujeres también podemos ser terroristas. Podemos hacer cualquier cosa que nos propongamos". Lo cual plantea si debe considerarse deseable la exploración de todas las actividades previamente holladas hegemónicamente por el varón.

El futbolista de élite solo habita un par de escalones morales por encima del dinamitero, en la voluntad de retorcer a la sociedad al servicio de sus arbitrariedades y privilegios. En su concepción actual, el fútbol es el Gran Satán de la civilización, por tomarle prestada la denominación al pacífico Jomeini. En sus figuras más acentuadas, el balón funciona como una escuela de criminales fiscales, un laboratorio de partidos amañados, un sumidero de magnates que blanquean sus fortunas. Por no hablar del fanatismo tóxico, que se traduce periódicamente en una carnicería. En suma, un templo de la civilización a imitar.

Este dechado de vicios lastraba tradicionalmente a un único sexo, pero el planeta gobernado por el balompié celebra hoy la ampliación de sus premisas a la otra mitad de la humanidad. Se trata de un triunfo del fútbol, pero no necesariamente de la mujer. Al igual que ocurre siempre que se entromete Don Balón, se presume que solo esta disciplina acreditará una igualdad efectiva. No se arrincona al hombre, sino a otros deportes que ya empezaban a ser conquistados sin discriminaciones.

Quienes nacimos al deporte femenino contemplando las exhibiciones pitagóricas de Martina Navratilova, padecemos el declive deportivo y afectivo del tenis femenino. En concreto, cuando las propias espectadoras reniegan de la raqueta porque han sido absorbidas por el deporte tirano. Por algo llaman soccer moms a las madres involucradas en la carrera deportiva de su progenie, aunque sus hijas practiquen disciplinas distintas del fútbol. El énfasis actual no trata de democratizar el acceso a las distintas variedades, sino de afianzar la preeminencia del deporte rey. O reina.

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