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Joaquín Rábago.

Julian Assange y los "Cinco ojos"

Cuentan los medios que el fundador de Wikileaks, Julian Assange, permanece en régimen de confinamiento solitario en la prisión británica de alta seguridad de Belmarsh.

Se le trata como a un peligroso terrorista cuando en ese país está acusado solo de haber infringido las condiciones que le impusieron los jueces para permanecer en libertad mientras aguardaba su extradición a Suecia.

La entrega a la justicia sueca por dos extrañas acusaciones de violación se ha visto suspendida y ahora solo amenaza a Assange la presentada por EE UU, que le acusa de conspirar con la exanalista de inteligencia Chelsea Manning para difundir miles de documentos de "material clasificado".

El Gobierno conservador británico no ha tardado en aprobar la extradición, aunque serán finalmente los tribunales los que decidan. El Reino Unido es, como se sabe, uno de los llamados "Cinco ojos" junto a Australia, de donde Assange es ciudadano, EE UU, Canadá y Nueva Zelanda.

Es esta una alianza de países anglosajones que comparten la información de inteligencia que obtienen y se comprometen a no espiarse entre sí a diferencia de lo que hacen habitualmente con otros países.

Los aproximadamente 250.000 cables del Departamento de Estado publicados hace nueve años por Wikileaks han servido para revelar las vergüenzas de EE UU y demostrar lo que muchos ya sabíamos: la enorme hipocresía de presentarse al mundo como el país de la democracia y defensor de las libertades.

Y eso es lo que más escuece en Washington, ya se trate de demócratas o republicanos, porque todos ellos son responsables de lo que hubiesen preferido que permaneciera oculto: las matanzas de miles de civiles inocentes en los países invadidos, las sádicas torturas aplicadas a los prisioneros por sus militares o sus aliados árabes y tantos otros crímenes de guerra o de lesa humanidad.

Uno de los argumentos esgrimidos por los norteamericanos para intentar juzgar a Assange es que con sus revelaciones puso además en peligro la vida de los agentes contratados por Washington en todo Oriente Medio.

Pura hipocresía también pues, como ha escrito el conocido periodista británico Robert Fisk, ¿acaso se preocupó mínimamente EE UU de los intérpretes iraquíes amenazados cuando estos solicitaron visados para sus familias y para ellos mismos?

¿Y no trataron también con la mayor de las indiferencias los aliados británicos a los traductores árabes a su servicio que intentaron también establecerse en el Reino Unido una vez acabada su misión?

Por cierto que Fisk no considera verdadero periodismo de investigación la publicación por los grandes medios norteamericanos de las revelaciones de Wikileaks auténtico al tiempo que los acusa de hipocresía por intentar distanciarse ahora de Assange cuando tan útil les fue en su día para vender ejemplares.

Durante años, esos periódicos no hicieron bien su trabajo y dieron muchas veces por buenas las mentiras oficiales, critica Fisk, quien se pregunta por qué no se dedican ahora a averiguar por ejemplo lo que le dijo en privado el secretario de Estado Mike Pompeo al príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, sospechoso de haber orquestado el asesinato de un periodista crítico.

¿Por qué no intentan saber también qué promesas le hizo el presidente Donald Trump al israelí Benjamin Netanyahu, acosado como está este por la justicia de su país, o qué contactos secretos mantiene Washington con el régimen sirio? ¿Habrá que esperar otros diez años a que un nuevo Assange les haga el trabajo que no supieron hacer?

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