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Werther

Tendría unos catorce años cuando le dije a mi profesor de Literatura que tenía intención de leer el Werther de Goethe. Me miró con gesto indulgente y sonrisa paternal: "Yo creo que es pronto; debes hacerlo -y lo entenderás mejor- más adelante, cuando estés enamorado." Respetuoso, no le dije nada, entre otras razones por pudor, pero qué sabría él de mis enamoramientos, qué sabría él de aquella niña rubia, de ojos azul celeste, que hacía de Virgen en el nacimiento viviente que yo visitaba a diario, solo para verla a ella, iluminada bajo los focos, esplendente, inmensamente dulce. Y yo me preguntaba por qué no me habrían elegido a mí para hacer de San José, y no a aquel momio reseco que ni siquiera sabía coger el cayado con estilo. Pues allí estaba el muy imbécil, pasando las horas al lado de la niña rubia.

¡Claro que yo estaba en condiciones de leer la historia y desventuras amorosas del pobre Werther! Así que, desoyendo el consejo, me compré un ejemplar de la editorial Plaza & Janés, en cuya portada aparecía un Werther abatido, con gesto apesadumbrado, y frente a él, sobre una mesa, la pistola tipo pirata con la que pondría fin a su vida.

Las desventuras del joven Werther es una novela escrita en forma epistolar que se publica en 1774; en ella se recogen las cartas que el protagonista escribe a su amigo Guillermo al que va relatando las cuitas de su amor por una joven casada, Carlota, amor imposible que le lleva a la desesperación y al suicidio. Hay en la novela elementos autobiográficos; también Goethe había vivido un amor imposible por una mujer, ya comprometida, llamada Carlota, de quien toma el nombre el personaje femenino de la novela. Esta causó un impacto social extraordinario. Se impuso la moda Werther; los jóvenes vestían como él: frac azul y chaleco amarillo. Motivos de la novela se reproducían por doquier, en objetos de porcelana, abanicos, etc. Tras su publicación, una sucesión de varios suicidios de jóvenes rechazados por sus amadas alarmó a las autoridades, por lo que su edición fue prohibida en algunos países. La Iglesia, por su parte, reprochó a Goethe hacer apología del suicidio.

Me metí de hoz y coz en la lectura de las congojas del Werther enamorado. Pero al cabo de varias páginas, aquella serie de cartas inflamadas, con sus quejidos y suspiros, aquel febril y mortificador desasosiego por el inalcanzable amor, tanto embeleso y tanto arrobamiento empezaron a fatigarme; entonces, impaciente, decidí saltarme algunas epístolas para llegar de una vez a los pasajes donde se relatan el suicidio y los tempestuosos momentos que le precedieron. Werther toma su fatal decisión tras un episodio de exaltación amorosa, en el que, incontrolado y ardoroso, besa a Carlota y la abraza con apasionada desesperación, y ella, "entre el amor y el rencor", le rechaza y sentencia: "No volverá a verme".

Pretextando tener que hacer un viaje, Werther pide al marido de su amada Carlota unas pistolas; envía a su criado a recogerlas, y es ella misma quien las limpia y las entrega al emisario. Cuando Werther las recibe y se entera de que fueron sus delicadas manos las últimas que tocaron las armas, le escribe: "Las beso una y mil veces porque las has tocado. Eres tú misma, ángel del cielo, la que favoreces mi decisión (?) y de tus manos recibiré mi muerte, como yo lo deseaba". Dan las doce de la noche; un vecino ve el fogonazo y oye la descarga.

Fueron estas últimas páginas de la novela las que causaron en mí honda impresión, al punto de repetir varias veces su lectura.

Pero si aquel conmovedor pasaje del suicidio de Werther me sacudía hasta las entrañas, parece que, como con razón había pronosticado mi recordado profesor, era demasiado pronto para que mi corazón latiese al ritmo y desvarío de aquel enamoramiento exaltado de Werther. Entonces, lo de la niña de ojos azul celeste ¿qué era? A saber. Cosas del corazón. En cualquier caso, se confirma mi desorden vital, ese vivir a destiempo de los tiempos.

*Magistrado de la Audiencia Provincial en Vigo

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