Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

La política, un abuso de la aritmética

Antes que una votación popular, la reciente elección de alcaldes ha sido -al igual que las anteriores- un abuso de la aritmética. Ni en Madrid ni en Barcelona, por poner dos ejemplos llamativos, se hizo con la vara de mando el candidato más votado, sino aquel otro resultante de la suma de varios partidos no siempre afines.

El sistema, que sustrae al elector su papeleta para que los partidos negocien con ella como moneda al portador, facilita la existencia de este zoco moruno de la política que no tardará en repetirse con la formación del nuevo Gobierno.

Los tratos entre mercachifles del voto han ofrecido toda suerte de asombros al votante. En Ourense, por ejemplo, dos partidos se han intercambiado como si fuesen cromos la Diputación y la Alcaldía de la capital. Otros se inspiraron en el rey Salomón para repartirse durante los próximos cuatro años -a razón de dos cada uno- el puesto de alcalde en no pocos municipios. Y en muchos otros ha salido regidor el candidato al que los electores habían situado en el tercer, cuarto y hasta quinto lugar de preferencias.

Estos son prodigios que suceden en los países acogidos al sistema de reparto proporcional del voto ideado por el belga Víctor D'Hondt, que, curiosamente, no era matemático de oficio.

Más que los ciudadanos, es el señor D'Hondt quien -a título póstumo- elige a los alcaldes gracias a su sistema indirecto de sufragio. Los votantes se limitan a escoger una papeleta previamente confeccionada por los caciques de cada partido y, en segunda instancia, son los concejales quienes negocian, regatean y finalmente pactan -previo pago del favor- el nombre del alcalde.

Semejante método favorece a posteriori los tratos de buhoneros entre los partidos, circunstancia particularmente enojosa en la patria literaria de pícaros tan ilustres como el Lazarillo de Tormes o el Buscón Don Pablos.

Otras naciones más partidarias de ligar el voto a la elección optan por sistemas mayoritarios -en los que el ganador se lo lleva todo- o bien por la fórmula de la doble vuelta o balotaje que permite al votante afinar sus preferencias.

Este último método, de origen francés y aplicación en varios países, sería especialmente beneficioso para España, en la medida que permite un mejor asado de los votos sin más que someterlos a un proceso de vuelta y vuelta en las urnas.

Muy parecido a las eliminatorias del fútbol, el sistema tiene una mecánica de lo más sencilla. Si ninguno de los contendientes obtiene la mayoría absoluta, el balotaje prevé una segunda votación a la que ya solo podrán concurrir aquellos que obtengan un determinado porcentaje de votos.

Solo dos, o a lo sumo tres, se disputan entonces la finalísima electoral de la que saldrá ganador el que consiga atraer más papeletas de los votantes. La mayoría queda asegurada y, en consecuencia, no queda margen alguno para que los partidos chalaneen entre ellos el nombre del alcalde. La democracia pasa a ser así un uso, pero no un abuso, de la aritmética.

Infelizmente, la experiencia sugiere que ningún partido está dispuesto a cambiar-salvo cuando pierde- un sistema que permite a todos ellos traficar con el voto. Es más fácil cambiar la Constitución, como ya se ha hecho un par de veces, que el sistema electoral vigente desde hace cuarenta años. Seguiremos con el zoco moruno.

stylename="070_TXT_inf_01"> anxelvence@gmail.com

Compartir el artículo

stats