09 de junio de 2019
09.06.2019
me lo repite

Pañolada a la selectividad

09.06.2019 | 03:19

Las fotos del acto de graduación del fotoperiodista Brais Lorenzo, quien una madrugada dejó una frase para la historia: "Ya dormiremos eternamente", resucitaron esta noche un sueño recurrente que había olvidado. Diez años después, volví al luminoso pasillo de la facultad de periodismo de Santiago de Compostela, al edificio diáfano y algo confuso de Álvaro Siza. La suma de los 300 créditos necesarios no daba. Las matemáticas me desposeían del título. Los compañeros se marchaban a emprender sus vidas, preferiblemente lejos de una redacción, y yo probaba a sumar y a sumar de nuevo, y a bufar, y a sudar. En ese momento del sueño siempre me sobresalto y, todavía en duermevela, buscándome en la cama, pienso en si será hoy cuando mi periódico descubra la verdad.

Esta semana, los estudiantes de Valencia protestaron porque el examen de Matemáticas en selectividad fue "escandaloso". Era difícil, lo que uno nunca sospecharía de esa materia. Muchos reaccionaron con indignación y, puestos a intentar imposibles, en unas pocas horas una petición en change.org sumó 40.000 adhesiones. Además, se celebró una concentración el viernes frente a la Conselleria de Educación, para exigir la supresión o repetición de la prueba. Acudió una treintena; pobres números contra los números. Tan escasa fue la protesta frente a la Diputación de Ourense para "botar aos Baltar". Nos engañó Whatsapp con tantos mensajes en cadena. La expectativa pudo con los presentes. Baltar desaprovechó una oportunidad inmejorable de fotografiarse a su lado. No hay nada en política como sacar rédito del fracaso ajeno.

Estoy a favor de las medidas efectistas, cómo no, aunque se ejecuten en franca minoría. En Bachillerato, una profesora nos la lio con el anuncio de un examen de un día para otro. Pretendía que estudiáramos ¡diez folios! Qué desfachatez. Nos miramos un compañero y yo en la última fila de pupitres. Arrancamos una hoja de la libreta, con firmeza, e iniciamos una pañolada. El control dejó de importar cuando la maestra, de entrada disconforme con nuestra idea, vio que el resto de la clase nos miraba creyéndonos idiotas. Ella fue la primera en partirse de risa y nos disolvió devolviéndonos el gesto. Ojalá aquello hubiera sido un sueño.

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