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Faro de Vigo

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La muerte de Rubalcaba, aprovechada en campaña

Está seguro este firmante de que los aparatosos actos fúnebres con ocasión del inesperado acabamiento de Rubalcaba no hubieran gustado a su protagonista por sus dimensiones y barroquismo. Político de relieve, además de ilustrado intelectual, don Alfredo tiempo ha que no casaba con las ocurrencias e improvisaciones de una izquierda a la deriva sin gran sentido de Estado, pero a la vez triunfante en apoyo de la ambición sanchista ejercida a toda costa y escaso programa dentro.

No es que uno trate de ensalzar la figura del exministro fallecido, pero de lo que no hay duda es que fue uno de los pesos pesados en su partido, maquiavélico a su modo, intelectual sin duda, que no casaba del todo con las improvisaciones sanchistas por el triunfo personal a costa de lo que sea. Pero sus actos fúnebres han sido muy rentabilizados sin ninguna duda por el sanchismo de cara a las próximas elecciones.

Su aparatosidad y duración, el abandono de una importante reunión internacional por parte del presidente, la reiterada presencia de los cuatro Reyes en el largo velatorio y, en fin, los símbolos del partido con la bandera sobre el féretro expuesto durante largo tiempo, junto al generoso apoyo mediático de los actos fúnebres, patentizan su rentabilización en plena campaña electoral.

Sin duda, pues, un luto muy beneficioso para el partido y el último tributo del exministro a la mayor gloria de un nuevo y esperado triunfo en los próximos comicios. Propaganda en fin.

Todo lo cual, y de alguna manera, recuerda el no menos aparatoso entierro del inefable profesor Enrique Tierno Galván, que fue mi alcalde en Madrid allá por los años setenta y ochenta del pasado siglo. El profesor Tierno murió joven, a los 67 años, siendo primer regidor de la capital.

El partido organizó un curioso entierro a la antigua usanza con una tétrica carroza fúnebre tirada por varios caballos negros y medio Madrid en la calle, hace exactamente un tercio de siglo. Todo para rentabilizar su figura con una aparatosidad que el mismo Tierno no hubiera autorizado. Recordemos en su memoria un párrafo de uno de sus celebrados bandos en castellano antiguo:

"Las buenas costumbres piden comedimiento en cuanto al destaparse toca pues en esos lugares de común recreación y roce que son las públicas piscinas, como natura huye lo triste y apetece lo deleitable, exagéranse los destapamientos sin haber cuenta del decoro (?). A veces acaece, cuando los calores aumentan, que algunos visitantes, para alivio y alegre algazara, se meten en cueros vivos en el agua de las fuentes públicas. De cundir el ejemplo, faltarían tazas o sobrarían visitantes y, según a esta Alcaldía se alcanza, los ardores, lejos de bajar, aumentan por lo que se conmina a moradores y visitantes a que no practiquen tan censurables usos".

Inefable don Enrique, que no era tan tierno como su apellido parecía indicar.

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