A juzgar por las cosas que han dicho, a la nueva -relativamente hablando, claro- coalición de Podemos Galicia y Esquerda Unida no le preocupa la hipótesis de una pérdida de votos a causa de las veleidades que ellos, entre otros, protagonizaron durante los últimos meses. "La gente sabe a quién apoyar", afirmaron sus portavoces, y debe ser verdad porque en Galicia, y no por cautividad del sufragio ni casualidad política, el personal lleva confiando -en términos autonómicos- su gobernanza con mayorías absolutas a los mismos durante casi 35 años, más o menos.

Lo que sí debería preocupar a la ciudadanía de este antiguo Reino es que a fuerzas políticas como las que se han citado no les inquiete en términos electorales su inmediato pasado. Porque expuesta con respeto la opinión, las conductas no han podido ser más frívolas y, según dicen otros, insolidarias con sus teóricos aliados. Y, a juzgar por lo que dijo, verbigratia, Irene Montero este fin de semana, los podemitas que mandan no tienen demasiado claro qué es lo que pasa aquí ni por qué, aparte de un desfachatez extrema cuando predican acerca de "ricos" y "pobres".

Ítem más. Recurrir a ello como excusa de una actitud que parece reconocer una especie de voto cautivo -en sus filas, quizá sí- basándose en la fábula del voto por convencimiento ideológico aparenta un argumentario ficticio. Porque sin negar que una -pequeña- parte de sus apoyos se deba a la reflexión sobre a dónde van con este sistema tanto el antiguo Reino como el planeta entero, resulta evidente que esos grupos tienen sufragios nacidos del enfado por medidas concretas -y dañinas, según aseguran los afectados- adoptadas tanto en la derecha como en la izquierda clásicas. Y lo demás sigue siendo una fábula.

(En este punto hay que volver sobre el weekend electoral de la señora Montero para la que los problemas que atraviesa el país se deben especialmente a la actuación de los que definió como "gestores de mierda". Curiosa coincidencia con la exministra Magdalena Álvarez, que también acudió a los retretes a buscar el modo de descalificar lo que no le gusta. Modo que puede que se admita como significativamente populista, pero demuestra una mala educación dialéctica y, por supuesto, poco respeto por las formas, siempre importantes en democracia).

Conste que nadie de los involucrados en las peripecias de la izquierda gallega -los de las derechas tampoco, pero esa es otra historia- puede encogerse de hombros y decir lo de "a mí, plin". El cúmulo de errores, intrigas e intentos de asalto a la dirección, e incluso la apelación a los tribunales para impugnar resultados que no gustaban, dañaron la credibilidad del conjunto. Y pronto se verá hasta qué punto, porque la primera cita es inminente y aunque la segunda -la municipal, que la europea sirve aquí bastante mal para medir- pueda enfocarse como una especie de revancha, si procede. Lo que pocos dudan es de que la historia inmediata no se corrige con fábulas poco creíbles.

¿Eh...?