17 de marzo de 2019
17.03.2019

Banderas

A propósito de una fotografía del presidente de EE UU abrazado a la enseña de las barras y las estrellas

17.03.2019 | 03:48

Sale en la prensa una fotografía del presidente de los Estados Unidos abrazado a la bandera de las barras y las estrellas. Todos los presidentes, y más aún los del último Imperio que queda en el planeta, respetan y saludan a la bandera de su país. Pero resulta raro verles agarrados a ella como si les fuese no ya la vida pero al menos la oportunidad de darle un achuchón. La cara de la bandera no sale en la foto y la de Trump es la de costumbre, cosa de por sí de lo más inquietante, así que pocas conclusiones cabe sacar acerca de la emoción de la escena. Al cabo resulta un poco forzada, como cuando el fotógrafo le pide a un escritor que se retrate enseñando su libro o, lo que es peor, leyéndolo.

Las banderas tendrían motivos de sobra para quejarse en estos tiempos que corren. Si nacieron para satisfacer la necesidad de contar con un símbolo comunitario, han terminado por convertirse en lanzas de combate. Como en tantas otras ocasiones, la prueba de esa transmutación se llevó a cabo en la Guerra Civil española que, puestos a simplificar, podría entenderse como un pulso entre dos banderas dentro de un mismo pueblo. La Segunda República le añadió el color morado a la bandera que venía, creo recordar, de los tiempos de Carlos III, y lo hizo por ver de darle a Castilla una presencia en el símbolo común, de colores hasta entonces más bien catalanes. Con ese gesto les regalaron a los generales levantiscos el símbolo tradicional y, de paso, forzaron a mi generación a sospechar de él. Se tardaron décadas en librar a la bandera solo roja y amarilla de las contaminaciones franquistas y ni siquiera se ha logrado del todo porque los partidos y grupos más postmodernos y alternativos hacen suya, a menudo con una ignorancia de la Historia conmovedora, la tricolor.

Ahora la bandera republicana vuelve al recordar y honrar, cuatro décadas después, a quienes tuvieron que exiliarse. El logotipo de la efeméride es tricolor, como cabría esperar habida cuenta de que ellos utilizaban la bandera con una franja morada. Pero las ganas de buscarle los tres pies al gato llevaron a un diario madrileño a poner el grito en el cielo porque desde el Ministerio de Asuntos Exteriores se usaba el logotipo tricolor para las comunicaciones internas. No veo dónde está el escándalo ni el drama pero hasta el ministro Borrell tuvo que explicar ante las cámaras de la televisión las cosas. No se abrazó a la rojigualda para compensar, ni puso cara de orgasmo contenido como Trump, así que, al menos, eso hemos ganado. Ahora solo falta quitarles a las banderas el carácter de armas de destrucción masiva que algunos quieren darles, recuperar un poco de respeto hacia ese emblema de color y, de paso, también hacia el himno del Estado. Porque solo dejando la simbología tranquila lograremos devolver las aguas a su cauce lo bastante como para que vuelva la convivencia que nunca deberíamos haber permitido que se perdiera.

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