El testimonio de Michael Cohen en el Congreso fue algo más que una confesión de delitos propios y ajenos por parte de un hombre que, reflexionando sobre las dimensiones de una celda, no tuvo más remedio que ofrecerse al enemigo, como cuando Johnny Sack, saltándose el código mafioso y provocando la indignación entre los suyos, reconocía la existencia de la Cosa Nostra en Los Soprano. Aunque así parecían tomárselo algunos republicanos presentes en la comparecencia, quienes se negaban a creer los arrepentimientos manifestados por el exabogado de Donald Trump argumentando el poco valor que tiene la palabra de un preso cuya condena suele provocar enternecedoras y espontáneas caídas de caballo. Estas personas olvidan que gracias a los arrepentidos, con independencia de cuales fueran los motivos que los impulsaron a situarse en el lado correcto de la Historia, se han destapado unas cuantas organizaciones criminales, prefiriendo enfocarse en el historial del mensajero en vez de preocuparse por la naturaleza del mensaje.

Pero Cohen, en otros tiempos dispuesto a aceptar una bala por el presidente, cuando siempre se ponía al teléfono de madrugada para que le encomendaran su misión, no solo describió las actividades ilegales del que fuera su cliente durante más de una década, sino que también quiso ofrecer al público estadounidense una historia de redención ejemplar, la suya, al pronunciar un discurso que trascendía las razones que allí con lo convocaban. "Trump es un racista", afirmó contundente, como si sus palabras sirvieran para despojar al adjetivo del tabú, pues quien lo estaba diciendo no era sino el fixer que en su momento le había reído las gracias al gobernante de los "agujeros de mierda". Por eso dejó esta advertencia a los hostiles republicanos: "Yo hice durante diez años lo mismo que hacéis ahora vosotros. Quienes sigan ciegamente al señor Trump como yo hice, sufrirán las mismas consecuencias que yo ahora". Y dichas consecuencias, por supuesto, no solo serán judiciales o políticas. Habrá gente que tendrá muchas dificultades para justificar el comportamiento que exhibieron en momentos como este, cuando decidieron seguir fieles al partido confundiendo al líder con las siglas.

La credibilidad de Cohen, a pesar de que quedan acusaciones que todavía quedan por probar, se puede constatar escuchando la totalidad de su intervención. Se expresa con la libertad de quien ya lo ha perdido todo, siendo consciente de que su condena no se limita a la prisión. Como le recordó John W. Dean, el abogado de la Casa Blanca de Nixon que acabó testificando contra el presidente en la era del Watergate, "algunos seguidores de Trump reescribirán la historia a tu costa. Como hicieron conmigo, pondrán palabras en tu boca, te situarán en eventos a los que nunca has acudido y en lugares en los que nunca has estado". Al final, el presidente del comité, Elijah Cummings, en una alocución conmovedoramente compasiva, agradeció el gesto al compareciente, sugiriendo que, aunque algunos le creerán y otros no, si esto sirve para mejorar la democracia, para dejársela intacta a las siguientes generaciones, habrá merecido la pena. "Somos mejor que todo esto", se lamentó. Donald Trump había dicho que Cohen era una rata. "Lo peor que te pueden llamar cuando vas a prisión", concluyó Cummings. Igual que reconocer la existencia de la Cosa Nostra.