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Antonio Rico

Los límites del humor

Acerca de los límites del humor, doctores tiene la iglesia que pueden iluminar un problema que sobre todo preocupa a los que siempre están de mal humor. Me estoy refiriendo al gran Darío Adanti, por supuesto, doctor sutil de la iglesia del humor tan imprescindible como el queso feta en una ensalada griega. Pero la cuestión que quiero plantear aquí no tiene que ver con si es lícito simular que me sueno los mocos en la bandera de España o explicar cómo cocinar un Cristo, sino con los límites de un humorista cuando está en la cola del pan, bebiendo una caña o respondiendo a una pregunta sobre el cambio climático. ¿Los humoristas no tienen límites? ¿Un humorista tiene que decir cosas graciosas siempre y en todo lugar, esté haciendo lo que esté haciendo y hablando con quien esté hablando? Si es así, protesto. Ya es bastante difícil ser gracioso cuando se trata de ser gracioso, pero tener que ser gracioso las veinticuatro horas del día es una tortura.

Los humoristas no tienen por qué ser como los mandos militares o los obispos, que insisten en llevar sus uniformes llenos de banderitas de colores y gorros ridículos cuando no están en unas maniobras militares o predicando la verdad al mundo. Lucir un uniforme de general de brigada o de obispo de Valencia es fácil. Decir cosas graciosas cuando pides una barra de pan integral, tomas el vermú o intentas opinar con sentido sobre un problema tan grave como el cambio climático ya no es tan fácil, y por eso me parece que los humoristas necesitan descansar del humor tanto como Messi necesita descansar de vez en cuando del fútbol. Ser el Gran Wyoming, Marta Flich, Carlos Faemino, Andreu Buenafuente, Eduardo Galán, Eva Hache o Santiago Abascal todo el tiempo es una tarea agotadora a no ser que seas Santiago Abascal, al que le salen los chistes sin esfuerzo esté o no ejerciendo como líder supremo de VOX. Podemos exigir a Sherlock Holmes que sea siempre Sherlock Holmes y esperamos un brillante razonamiento deductivo del detective de Baker Street hasta en la cola del pan o en la hora del té, pero no deberíamos exigir a nuestros humoristas que nos hagan reír obligatoriamente fuera de su horario de trabajo. A diferencia de los generales, obispos, detectives privados y políticos de ultraderecha, los humoristas (y Messi) tienen límites. Respetémoslos?

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