Los videojuegos están en el cuarto de los adolescentes y los que son online no se apagan a ninguna hora y son infinitamente mejores que hace 20 años, pero lo que rige acerca de su uso -para los padres- no es distinto de lo que se aplicaba a los futbolines, el pinball, los recreativos electrónicos: hay horas para jugar y otras para más actividades.

A la máquina de pinball, petaco o del millón se le subían las patas traseras aumentando su inclinación, la velocidad de la bola aceleraba, la potencia del mando disminuía y la forma de jugar cambiaba por completo. Es muy primitivo respecto a la octava temporada de Fortnite, pero era muy eficaz entonces.

A internet se le siguen aplicando los mismos inconvenientes que a las salas de juegos: alejan del estudio y son un espacio poco sano de socialización. Ya lo contaba Pinocho con la Isla de los Juegos (antes de que Disney creara Disneylandia). A favor del juego por internet cabe decir que hay menos navajas en los dormitorios actuales que en los antiguos billares.

Los juegos online se disputan sin geografía, ni horario ni descanso y con continuos estímulos para evitar el desenganche por aburrimiento o expulsión, pero si los mayores quieren poner límites, el de tiempo es el más fácil de imponer porque se mide con un reloj que tienen todos los dispositivos electrónicos.

De acuerdo con la educación actual seré poco ambicioso: que los chavales sepan que existen límites y en qué consisten. Márquele alguno a su adolescente al cargo. Explíquelo, razónelo, impóngalo y vigile su cumplimiento. Haga que traspasarlo le cueste algún esfuerzo o dificultad. Para que aprenda algo tan imprescindible para la vida como desobedecer es preciso enseñarle algo de obediencia en casa.