Crudo, directo al meollo: ¿quién va a sustituir en el futuro inmediato a las generaciones de marineros gallegos que ejercen como tales en este momento?

¿Estaremos viendo a bordo de los pesqueros de Galicia la última hornada de profesionales de la pesca?

Las opiniones al respecto son algo más que encontradas. Pero la evidencia deja un camino expedito cuyo final solo conduce al pozo más negro y profundo del sector pesquero en Galicia: los marineros de esta tierra no encuentran en la mar el mismo pan que sus abuelos o bisabuelos, incluso en cierta medida sus padres, lograban. Eso sí, con la realización de exhaustivas jornadas laborales que, en buena ley, los pescadores actuales ya no admiten de buen grado y menos si los salarios a percibir no guardan relación con el trabajo y las horas dedicadas a este a bordo.

¿Quién los va a sustituir, entonces?

Pues una de dos: o mano de obra extranjera (no hace tantos años que los gallegos sustituían o complementaban en los barcos a los nacionales de Alemania, Reino Unido, Noruega, etc.) o los propios gallegos siempre y cuando los armadores den un paso adelante acordando unos sueldos para ellos, los pescadores, que compensen la penuria y, a la vez, reconozcan la valía de quienes siempre han sido un ejemplo a imitar por otros profesionales de la pesca en los distintos países que viven de esta.

Las escuelas de formación náutico-pesquera están prácticamente "a tope", me asegura uno de los jóvenes que asisten en O Burgo a los cursos de preparación que se imparten en la antigua Universidad Laboral. Para realizar tales cursos, los estudiantes han de renunciar a su trabajo durante los meses de formación como mandos en aquellos buques en los que mañana podrán ejercer su actividad. Se esfuerzan y pierden dinero. Y lo hacen conscientemente, sabedores de que ello les va a comportar, en el futuro inmediato, un mejor trabajo, una remuneración más acorde con su formación profesional y, a la vez, una vida más digna que aquella que asumían como marineros de cubierta.

El "pero" está en manos de los armadores: ¿están dispuestos a reconocer los nuevos planteamientos de seguridad, comodidad a bordo (sin que esto signifique lujos, que no los habrá nunca a bordo de un pesquero), salarios adecuados a la formación y responsabilidad propias de ese profesional que ya no es carne de cañón en aquellos viejos candrais en los que el humo, la madera y el vino formaban, junto con las redes y las escamas estampas de color ocre en el muro coruñés, el Berbés de Vigo y tantos y tantos otros puertos de una Galicia que soñaba en azul verde mar con tan solo abrir la ventana de una casa?

Necesariamente han de ir de la mano, hallar el consenso adecuado y caer en la cuenta de que esta tierra no puede perder en SU mar esa pieza básica de la economía social que es el barco y la gestión de su tarea. Si no es así, la Galicia marinera dejará de existir.

Espero no verlo.