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Risas y odio

Imaginemos que alguien que ha estado cuarenta años viviendo en un remoto lugar de Siberia o del Pacífico -sin teléfono, sin ordenador, sin más contacto con el mundo exterior que el roce con unos pocos vecinos- volviera a su ciudad natal y pudiera dedicar una mañana a sumergirse en varias cuentas de Instagram y de Facebook elegidas al azar. Es decir, alguien que en 1978 se hubiera despedido del mundo y volviera cuarenta años más tarde. Recordemos 1978: el punk, el KGB, las cámaras polaroid, Brezhnev, John Travolta y la "Fiebre del sábado noche", el apartheid en Sudáfrica, Jimmy Carter de presidente en Estados Unidos? Al recordar estos hechos, casi parece que estamos hablando de la Alta Edad Media, y quizá el único protagonista de estos hechos que sea recordado ahora sea Travolta (y únicamente gracias a "Pulp Fiction"). En 1978 ni siquiera existían las maquinitas comecocos de Pac-Man, que llegarían dos años más tarde. En fin.

¿Qué vería en esas fotos de Instagram esa especie de resucitado? Muy fácil: gente feliz, o más bien gente que aparenta ser feliz, en su casa, en el trabajo, viajando, comiendo, paseando, comprando, corriendo, haciendo deporte, da igual. ¿Hay alguien que no sonría en Instagram o en Facebook? ¿Hay alguien que no parezca estar pasándoselo muy bien, esté donde esté y haga lo que haga? ¿Hay alguien que no esté acompañado de gente que también ríe y que quiere demostrar lo feliz que es?

Todo eso tendría que parecerle muy raro a ese recién llegado a nuestra época. Hace cuarenta o cincuenta años -si la memoria y el álbum de fotos que tengo no me engañan-, reír y sonreír era algo que solo se hacía en ocasiones especiales. Si no era así, casi todo el mundo prefería poner una cara seria, como de preocupación o de intensa turbulencia interior. He repasado algunas fotos que nos hicimos en los años de facultad, en Palma, y sí, hay rostros sonrientes -la gente jovial nunca cambia-, pero en general lo que se ve son expresiones ceñudas, introspectivas, reconcentradas. Reír era cosa de idiotas o de alienados -una palabra que por fortuna ya nadie usa ahora-, así que poca gente lo hacía, a no ser que la alegría fuera su estado natural (por suerte había gente así). Pero en general, repito, lo normal era la seriedad, un aire grave, importante, solemne, preocupado. En el fondo nos parecíamos mucho a la gente que se hacía fotografiar en los primeros tiempos de los daguerrotipos y los retratos decimonónicos, cuando nadie sonreía y todo el mundo parecía salir de un funeral, incluso en el día de su boda, incluso en el día que se suponía el más feliz de su vida.

Todo eso, por supuesto, ya es cosa del pasado. Ahora quien no aparece sonriendo en una foto es una especie de demente o de peligroso sociópata, alguien a quien no le confiaríamos a nuestros hijos ni que nos gustaría tener de profesor en una academia o en cualquier otro lugar de enseñanza. Quizá la vida de esa gente que sonríe en Instagram es sombría y gris y está repleta de hastío y desesperanza, pero su imagen pública es una inagotable exhibición de alegría y júbilo. Y en cambio, es posible que los mensajes de esa gente siempre sonriente, cuando abren su cuenta de Twitter y se disponen a informar al mundo de su estado de ánimo, no sean más que un vómito incesante de odio y de rencor: odio ideológico, resentimiento contra medio mundo (y una buena parte del otro) y una amargura que parece no tener fin. Pero en cambio, si vamos a sus cuentas de Instagram, allí todo es alegría y felicidad y sonrisas.

Y eso, me imagino, es lo que sorprendería a esa persona que había vivido los últimos cuarenta años apartado del mundanal ruido y encerrado en una remota región a donde nadie va. ¿Por qué todos sonríen, se preguntaría al ver Instagram? ¿Y por qué están todos tan enfadados, se preguntaría diez minutos después, al leer los mensajes sulfurosos de esos personajes, antes sonrientes y ahora convertidos en un dragón que escupe fuego por la boca? ¿Quién miente aquí? ¿Quién está tomándonos el pelo? ¿Quién se hace pasar por feliz cuando es un pobre infeliz? Y al revés, ¿quién se hace pasar por una persona rebosante de odio y de malestar, cuando en su vida real todo parece irle sobre ruedas? Es un enigma. Y lo más probable es que nadie supiera contestar, si ese desconocido llegado del fin del mundo preguntara a toda esa gente sonriente de Instagram por qué está tan enfadada en Twitter, y al revés. ¿Hay una respuesta? ¿Qué es lo real, la felicidad o el odio, la sonrisa o las palabras de rencor? Difícil saberlo. Y peor aún, posiblemente el 90% de los que ríen en Instagram y odian en Twitter ni siquiera lo sepan.

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