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EN CANAL //

Antonio Rico

¡Naaaada!

En una realidad paralela, en uno de esos mundos coherentes y complementarios que crea José Luis Cuerda, el sorteo de la lotería se celebra al revés. En vez de extraerse del bombo los números premiados, se extraen los números sin premio; el niño de San Ildefonso de la derecha canta dicho número, y el niño de San Ildefonso de la izquierda grita "¡naaaaaaaada!". Finalmente, las bolas que quedan en el bombo son las agraciadas. Claro, como hay diez mil veces más números no premiados que premiados, el sorteo se alarga considerablemente, y, en vez de cuatro horas, viene a durar unos cuatro años y medio. Cuando todavía se va por el primer tercio de un año ha de comenzar el sorteo del año siguiente. Con frecuencia, a los niños de San Ildefonso les cambia la voz en mitad de un alambre, y han de ser reemplazados a toda prisa por el Presidente de Mesa con gran azoramiento de todos los presentes.

Y los informativos televisivos siguen la misma lógica. En vez de centrarse en los jugadores agraciados, dedican el mismo tiempo a todas y cada una de las personas que tiraron su dinero comprando décimos y participaciones que no fueron premiados. Les entrevistan cuando salen del trabajo, delante de administraciones de lotería en donde grandes carteles anuncian "Ningún premio de la lotería vendido aquí". Tienen el semblante muy serio. Responden con monosílabos. Los más locuaces señalan que están encantados de que los perdedores estén muy repartidos por toda España. Son unos cuarenta y cinco millones. Cada telediario viene a durar unos quince meses ininterrumpidos, por lo que en esta realidad paralela no hay tiempo para hablar de Trump, ni del anisakis, ni de periodistas a los que tumban de un puñetazo en la cara mientras hacen su trabajo. De hecho, como cada informativo dura más de un año, los retrasos se van acumulando y, por ejemplo, en Televisión Española se está emitiendo en la actualidad todavía el telediario que habla del sorteo de la lotería de navidad de 2006.

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