Puede que mucha gente se aproxime a Full Disclosure, las memorias de Stormy Daniels, con la intención de conocer más detalles del encuentro que mantuvo la actriz porno con Donald Trump en 2006 y el posterior escándalo político que convirtió a la autora del libro en una insospechada heroína de la "resistencia" contra el actual presidente. Ella misma reconoce al comienzo del tercer capítulo que probablemente muchos lectores se "han saltado" las dos primeras y extensas secciones autobiográficas, las cuales versan sobre su infancia y su carrera profesional, para entrar en la habitación del hotel Harrah's Lake Tahoe, donde el magnate supuestamente recibió, con pretensiones evidentes, a la estrella de cine para adultos. "De la cantidad de hombres con los que me he acostado -dice Stormy sin renunciar nunca al sarcasmo-, ¿por qué el mundo no se ha obsesionado con alguno de los atractivos?".

Sin embargo, lo más interesante de Full Disclosure, escrito con la colaboración de Kevin Carr O'Leary, no se encuentra en el relato de aquel acontecimiento íntimo (y consentido por ambas partes), ni tan siquiera en la batalla legal que lo subsiguió, después de que Donald Trump decidiera, a través de su malogrado abogado Michael Cohen, pagar a Stormy Daniels ciento treinta mil dólares por su silencio. Las mejores páginas de este libro son las que narran la historia de una chica de Luisiana llamada Stephanie Clifford. Con un padre ausente ("tras el divorcio no lo volví a ver hasta que pasaron tres años") y una madre al parecer poco interesada en su existencia ("empezó a prestarme cada vez menos atención debido a que tenía que invertir todo su tiempo en unos trabajos de salario mínimo"), Clifford, que fue víctima de abusos sexuales cuando tenía tan solo nueve años ("sobrevivir a una violación no me define en absoluto como persona; si acaso, interioricé la sensación de que nadie me creería cuando pidiera ayuda"), creció desprotegida en el seno de una familia disfuncional y de bajos ingresos, lo cual hizo que se viera obligada, desde muy temprano, no solo a ganarse la vida como pudo sino también a criarse fuera del hogar. En una ocasión escuchó cómo los padres de una amiga suya la llamaban basura blanca. "Fui al baño y empecé a llorar. Me miré en el espejo y vi por primera vez lo que ellos vieron. Mi ropa sucia, el pelo que mi madre nunca tocó. Luego me lavé la cara con agua fría, me enfadé y quise demostrarles que estaban equivocados". Comenzó a trabajar de stripper cuando todavía estudiaba en el instituto, aunque graduándose de este último con honores y ejerciendo de editora del periódico, y acabó, en sus propias palabras, ganándose "el respeto como guionista y directora en una industria [la pornografía] dominada por hombres". (Fueron sus compañeras del "Cinnamon's", el primer stripclub en el que trabajó, quienes, según ella, la educaron).

Lejos de parecerse a una fábula dickensiana de tintes feministas, esta parte inicial de las memorias se puede leer como una extrañamente conmovedora apología del individualismo y el libre mercado, gracias a los cuales Stephanie pudo transformarse en Stormy. Reflexionando sobre las críticas que recibe por estar aprovechándose de su polémica fama, pues ahora cobra más que antes en sus espectáculos, la actriz se pregunta: "¿Por qué no puedo hacer honor a uno de los grandes principios del capitalismo: la oferta y la demanda?" Incluso en los momentos más difíciles de su infancia, cuando la madre desaparecía durante varios días de casa para irse con uno de sus novios y luego regresaba sin ofrecer ninguna disculpa o explicación, Stephanie ya era consciente de su "capacidad de liderazgo" y sentía que el "universo tenía un plan" para ella. En uno de sus turbulentos veranos, tras pasar el curso con unas notas excelentes, padece una fiebre que le provoca alucinaciones, pero no quiere acudir al hospital porque no tiene seguro médico y la consulta podría costarle cincuenta dólares. Unas páginas más adelante, ya recuperada de su enfermedad, asegura estar viviendo junto a su nuevo novio "el sueño americano", que consiste en "hacer dinero". Su encuentro con Trump también es descrito, pasado el embarazoso intercambio de impresiones, como una reunión entre "dos personas obsesionadas con sus carreras que son extremadamente exitosas en lo que hacen".

Stormy Daniels desprende un optimismo reaganiano. Es una mujer del sur, hecha a sí misma, cuyos orígenes se podrían ubicar entre la llamada "mayoría silenciosa y olvidada". Ocurre que ella, a pesar de las mencionadas adversidades, consiguió salir de la pobreza y la marginalidad, adquiriendo una notoriedad controvertida aunque bien remunerada. Al hablar de su profesión, Stormy confiesa que nunca tuvo que lidiar con las miserias del sector porque tuvo siempre un buen contrato. Desde el comienzo también escribió guiones y dirigió largometrajes. "Me dieron un pasaje de oro. Estuve en el lugar adecuado y en el momento adecuado". Pero sabe que no todas tuvieron la misma suerte. Muchas actrices primerizas deben enfrentarse a una precariedad laboral humillante si quieren convertirse en estrellas. Dice que su sueño era escribir para el programa humorístico Saturday Night Live. Y lo cumplió a medias, ya que, como consecuencia del affaire, participó haciendo de sí misma en uno de los episodios. Ahora sus fans son "gente de color, gays y muchas mujeres que tienen entre cuarenta y cincuenta años". Antes solían ser "hombres blancos de mediana edad y republicanos". Por culpa de "lo de Trump", concluye, ha perdido a muchos de ellos. A pesar de todo, no muestra ningún resentimiento. "Es su elección. Al fin y al cabo, esto es América".

Full Disclosure, con su estilo directo, su tono desenfadado y sus ocasionales autoparodias (en el prólogo Stormy afirma que si uno reduce las lecturas a libros como el suyo es que tiene que "reexaminar sus opciones en la vida"), no pretende ser más que un producto editorial urgente publicado a la luz de un escándalo rentable. Pero, a diferencia de otros textos de similares ambiciones, la autora aporta algo más que su versión de los hechos. Además, los capítulos que se ocupan de eso, pese a la jugosa información que proporcionan, parecen estar elaborados de manera apresurada y bajo los comprensibles límites legales que se imponen en este tipo de proyectos realizados cuando los protagonistas aún continúan ocupando las portadas. Y muchos, hasta los que dicen detestarla, conocen muy bien la obra de Stormy. El testimonio de Stephanie, en cambio, es un documento que puede resultar de mucha ayuda a la hora de comprender una parte de Estados Unidos sobre la que ahora tanto se teoriza. No vamos a decir que el libro debería ser obligatorio en los colegios, pero -antes de apresurarnos en el juicio- convendría conocer las complejas vidas de algunos estudiantes que acuden a ellos.