16 de septiembre de 2018
16.09.2018
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Diez años que cambiaron Galicia y el mundo

16.09.2018 | 03:35

A las siete de la mañana de un día como el de ayer de hace diez años, un abogado de quiebras anunció la caída de Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión de EE UU, 30.000 empleados, 600.000 millones de euros de deuda. Nada, absolutamente nada, volvió a ser igual en la economía y en las finanzas, y aún hoy pagamos las consecuencias. Como al chamán al que le chafan el espectáculo destapándole el truco en plena función, la magia del capitalismo para convertir la basura en oro quedó al descubierto tras la descomunal sacudida. ¿Qué somos hoy y qué aprendimos de aquello?

En septiembre de 2008, un trabajo remunerado con mil euros era el estándar de denigración laboral. En septiembre de 2018 quien alcanza esos ingresos puede sentirse afortunado. El salto en la percepción del mileurista constituye la más gráfica síntesis de los cambios que ha traído la Gran Recesión. Los desequilibrios no salen gratis. Las cajas de ahorros, entre ellas las gallegas, desaparecieron. Hubo casos de gestión ineficiente, igual en los bancos. No fue ésa la razón primordial a la hora de borrar las cajas del mapa, aunque en el caso de nuestra comunidad la del norte estaba quebrada, sino su dificultad para resistir las turbulencias en solitario. Por su peculiar estructura, carecían de capacidad para ampliar capital y cubrir con recursos propios los desfases a los que los impagos, la burbuja, la paralización del crédito y la evaporación del ahorro las sometieron. Con su liberalización llegaron inversores dispuestos a tapar pasivos mastodónticos.

Cayó la recaudación de impuestos en 70.000 millones. La merma de recursos empezó a desnudar los compromisos superfluos de las administraciones. Bienvenido haya sido el reflujo por eso, aunque despilfarros quedan todavía por erradicar, por mucho que los gobiernos presuman de haber limpiado la grasa inútil. Las obras faraónicas desaparecieron. El paro escaló hasta un demoledor 27%: paliarlo a base de funcionarios, falso remedio. España pasó de una deuda del 35% del PIB al 100% por el déficit. Cualquier familia conoce las consecuencias si salen de casa más euros de los que entran. Y, como no existe crisis sin deriva social, arraigaron el hastío, la desafección y el populismo, que, en su versión más retrógrada y xenófoba, trajo el veneno del independentismo.

Hubo que inundar el sistema de dinero para socializar pérdidas y frenar la hemorragia del estruendoso desastre. Nadie despeja la duda de si hemos vuelto a la normalidad y el virus está erradicado o aguarda, latente, para volver a infectar al enfermo al primer descuido. La gran paradoja es que los indicadores avanzan gracias a los estímulos de la mayor intervención que jamás se haya hecho para salvar la economía, pero el impulso resulta insuficiente para moderar las desigualdades.

España acumula tres años con los mayores crecimientos de Europa y no logra rebajar su endeudamiento ni crea empleo a la velocidad precisa para extender el bienestar. En Galicia empieza a detectarse una ligera pérdida de fuelle, aunque los expertos no la ven preocupante. Todavía se crece por encima de la media española y europea, pero sigue la distancia con respecto a las comunidades de cabeza.

Son necesarias certezas y sólo hallamos incertidumbres con una clase dirigente ensimismada en su ombligo y en diatribas insustanciales. La reactivación pierde fuelle. El margen de los hogares para seguir comprando, decisivo en la recuperación, vuelve a estrecharse. Cae el turismo por la apreciación del euro, sube el petróleo, menguan el consumo minorista y las contrataciones. La industria se enfría. Los síntomas de peligro invitan a no amodorrarse en la complacencia, a porfiar en las olvidadas reformas para multiplicar los motores de despegue, a rescatar la utilidad de los consensos, a recuperar la eficiencia en las inversiones y a vencer las inercias de los intereses creados.

No se puede transmitir irresponsablemente a la gente el mensaje equivocado de barra libre de fondos. Algún líder anima a desenfrenar los presupuestos porque, afirma sin vergüenza, "los estados no quiebran". Tampoco quebraban, se decía hace una década, los bancos sistémicos y los vimos reventar. Las deudas, o las pagan los países por las buenas o se las cobra el resto a la brava. Los griegos ilusos ya cayeron de ese caballo.

Los contribuyentes y las empresas, sangrados fiscalmente a cada ocurrencia, no están al servicio del gasto político, sino justo al contrario. Y gastar recurriendo a préstamos es injusto e insolidario porque transfiere la carga a las generaciones venideras. Los jóvenes salen doblemente perjudicados: como máximos damnificados del estruendo hoy, emigrando para ganarse el pan, y como condenados mañana a liquidar la onerosa factura legada. Interiorizar estas ideas, con la Gran Recesión en perspectiva, constituye la enseñanza medular de tanto sufrimiento para no volver a perder jamás la prudencia.

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