12 de agosto de 2018
12.08.2018

La procesión que no prohibió la República

La Peregrina nunca faltó a su cita de agosto por causas políticas, incluso cuando se suprimió el programa festivo

12.08.2018 | 03:33
La procesión que no prohibió la República

Los gobiernos republicanos nunca prohibieron en stricto sensu las procesiones religiosas con carácter general. Tras proclamar el laicismo del Estado, es cierto que hicieron la vida imposible a aquellas cofradías de penitentes que chocaban con sus principales valores y cargaron las tintas contra la Semana Santa. Sin embargo, no es menos verdad que toleraron las celebraciones más populares, aunque siempre previa autorización del gobernador civil de turno.

Eso ocurrió en Pontevedra con la procesión de la Peregrina, que jamás faltó a su cita tradicional del segundo domingo de agosto por una prohibición expresa de carácter político.

Durante la etapa republicana, la procesión de la Peregrina solo dejó de salir en 1932 por causa de fuerza mayor: acababa de producirse la "sanjurjada". El golpe de Estado contra la República que lideró el general José Sanjurjo cuatro días antes resultó fallido, pero el país aún estaba conmocionado por aquella asonada.

La cofradía disponía del permiso oportuno, que había tramitado con bastante antelación. De modo que el programa festivo anunciaba el domingo 14 la salida de la procesión "con la solemnidad acostumbrada". Pero la cofradía anunciaba su suspensión veinticuatro horas antes por una elemental prudencia.

La República ni tan siquiera se opuso a la celebración religiosa de la Peregrina tras su entusiasta advenimiento, que también coincidió con una movilización general en favor de la Autonomía de Galicia. Pontevedra se manifestó en favor del Estatuto, pero se implicó al máximo en la procesión de la Peregrina, que entonces ya se consideraba como la patrona de la ciudad.

El domingo 9 de agosto de 1931, la procesión salió a las ocho de la tarde y mantuvo su esquema habitual, pero no tuvo ningún brillo especial para evitar cualquier polémica no deseada. Por ese motivo, la cofradía se abstuvo de cursar a ninguna personalidad la invitación correspondiente para portar su estandarte. Ese privilegio estuvo en manos de la propia cofradía o de las autoridades eclesiásticas hasta la Guerra Civil, que marcó otra etapa distinta.

Un gaiteiro marcó el son de los gigantes y cabezudos, que abrieron el cortejo. El presidente de la congregación, Vicente Riestra Calderón, llevó el estandarte. La carroza iba tirada por niños ataviados de peregrinos, donde viajaban las niñas vestidas de ángeles, tal y como establecía la tradición. Tras ellos, dos larguísimas filas de mujeres y hombres con velas encendidas y las bandas de música de Pontevedra y de Ribadavia (La Lira).

Tras el paréntesis reseñado de 1932, la procesión fue ganado presencia y solemnidad año tras año, hasta adquirir un realce especial en 1934 y 1935, como si presagiase de alguna forma la negra sombra que llegó después.

A partir de 1933 se recuperó el traslado de la carroza de la virgen hasta el santuario en la mañana del sábado anterior a la Peregrina, fecha del inicio del programa festivo. Aquel año, la cofradía solicitó ayuda económica para reparar el tejado del santuario, que presentaba un estado muy deficiente.

El domingo 13 de agosto de aquel año se oficiaron misas cada media hora, entre las siete de la mañana y las doce del mediodía, con una función religiosa solemne a las once. Esa práctica también se repitió los años siguientes. Y la procesión salió después del simposio ciclista en la Alameda, cuya prueba de fondo, con veinticinco vueltas al circuito, ganó Benito Vieitez, seguido de José Ribadulla. En esta ocasión, el coadjutor de San Bartolomé, Torres Villar, lució el estandarte, secundado por los jóvenes Codesido y Reijá.

La Peregrina contó en 1934 con tres novedades muy relevantes: La directiva de la cofradía prescindió de la Banda de Música de Pontevedra en señal de protesta por un acuerdo municipal que gravaba su participación en manifestaciones religiosas. Por otra parte, la misma junta cursó invitaciones a diputados y concejales para asistir al cortejo; algunos de ellos aceptaron el envite y marcharon en lugar destacado junto a conocidos médicos, abogados y comerciantes. Y la festividad contó además con la presencia del obispo de Tui, pese a llegar el día anterior de un pesado viaje desde Covadonga.

El obispo tudense ofició a media mañana una misa solemne con intervención de la Schola Cantorum del Monasterio de Poio, y por la tarde presidió la procesión, donde el párroco de San Martín de Salcedo, Jesús García, portó el estandarte, junto a dos integrantes de la Juventud Católica.

La cofradía anunció indulgencias plenarias que había concedido el papa León XIII para aquellos fieles que visitaran la Peregrina durante su festividad. Por ese motivo, el santuario permaneció abierto hasta las doce de la noche para recibir a tantos visitantes.

La celebración de 1935 buscó un realce todavía mayor, e incluso trató de recuperar la danza de los peregrinos, una tradición perdida en años anteriores. A pesar del empeño mostrado por la cofradía, finalmente no pudo ofrecerse por la premura de la convocatoria. Fue lo único que faltó para una jornada redonda, pero el resto del programa salió a pedir de boca.

El novenario incluyó una función especial de música religiosa a cargo del maestro Taboada, el tenor Fraga y el barítono Torres; y el día de la festividad hubo misas cada media hora.

El traslado de la carroza abrió a media mañana del sábado 10 la programación festiva y la procesión salió a las siete y media de la tarde del domingo 11. Tras los gigantes y cabezudos marchó la Banda de Trompetas del Regimiento de Artillería nº 15, que se sumó al cortejo junto a las habituales de Ribadavía y Pontevedra. El ex capellán mayor del Ejército, Fernando Ramiz Mur, portó el estandarte de la congregación. Y por vez primera en aquellos años se puso nombre a los acompañantes de la magna carroza: las niñas de Munaiz, Montenegro, Cot y Fidalgo, y el niño Ricardito Melero.

La cofradía recibió numerosas felicitaciones al concluir los festejos, tanto por el esplendor de la procesión y demás actividades religiosas, como también por el ornato y la iluminación exterior e interior que lució el santuario.

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