12 de agosto de 2018
12.08.2018
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Hacer cumplir con toda firmeza las condenas a narcos

12.08.2018 | 03:33

La historia de siempre se repite. La mayoría de los detenidos esta semana en el macrogolpe contra el narcotráfico en Arousa ya habían sido arrestados antes en otras grandes operaciones. Los más significativos, condenados y disfrutando de beneficios penitenciarios en vez de seguir con su pena en la cárcel. Y, de nuevo, han vuelto a las andadas si es que alguna vez habían dejado tan criminal como lucrativo negocio. Lo que evidencia que algo falla en los frentes de lucha antidroga. Lo peor de todo es que seguirá ocurriendo si no se introducen medidas correctoras legales que pongan fin a tan intolerable reincidencia criminal de narcos irreductibles. Lo mejor, de lo que hay que felicitarse y hacerlo extensible a jueces y policías, otra vez su captura y con ella el desmantelamiento de una poderosa alianza en ciernes entre narcotraficantes gallegos.

Causa sonrojo comprobar cómo muchos de los protagonistas más sonoros de la historia del narcotráfico gallego pese a pasar reiteradas veces por el banquillo y por las cárceles aprovechan los resquicios legales para librarse de parte de sus condenas y volver a la "fariña". Pero esa es la terca realidad.

Esta vez ha vuelto a los focos el decano de los capos, el viejo patriarca de los Charlines, Manuel Charlín Gama, que a sus 86 años fue detenido en su chalé de Vilanova junto a su hijo Melchor, otro viejo conocido de las fuerzas de seguridad. Charlín, que ha pasado 20 años en prisión, y su hijo se encontraban en libertad condicional por un proceso abierto en 2010 por blanqueo de dinero del narcotráfico. Es la quinta detención del patriarca desde que en 1990 entró por primera vez en la cárcel dentro de la Operación Nécora, de la que salió impune. Como libre, al igual que su hijo, aunque con cargos por participación en organización criminal, ha quedado también ahora tras comparecer ante el juez, que no ve acreditada su vinculación directa con el alijo intervenido en Azores.

Todavía está reciente la excarcelación del más célebre de todos ellos, José Ramón Prado Bugallo, Sito Miñanco, -por entonces todavía con juicios pendientes- cuando además las fuerzas de seguridad tenían indicios suficientes de que incluso desde la cárcel y durante sus permisos penitenciarios en Algeciras seguía en activo. Cierto es que el cambadés llevaba más de 15 años entre rejas cuando salió en libertad condicional, pero su arrepentimiento se mostró tan falso como la oferta de empleo en un parking de sus testaferros en el que nunca laboró. No llevaba ni siquiera dos años en semilibertad y ya había vuelto a ser uno de los mayores capos de la coca en Europa a tenor de la fulgurante reconstrucción de su "narcoimperio".

El éxito de su captura y el desbaratamiento de su clan en febrero pasado, hace justo seis meses, como ahora el nuevo golpe a las organizaciones de Arousa con el apresamiento de un barco con 2,5 toneladas de cocaína, demuestra que la policía no baja la guardia sobre estos criminales, aunque no oculta el fracaso que supone comprobar cómo capos históricos ni siquiera han tenido que esperar a quedar libres para reorganizar sus bandas y hacerlas cada vez más sofisticadas. Lamentablemente, sus detenciones no hacen más que refrendar lo que las fuerzas de seguridad y las asociaciones contra el narcotráfico no se cansan de repetir: los grandes narcos, rara vez se rehabilitan.

Tan irrefutable realidad debería hacer reflexionar de una vez a los poderes oportunos sobre la necesidad de endurecer las leyes y los beneficios penitenciarios a los narcos reincidentes, y de acabar con rebajas de penas pactadas que a la postre no hacen sino otra cosa que facilitarles su vuelta exprés a la actividad. ¿Cuánto más habrá que esperar para que se ponga fin a esta incomprensible tolerancia con quienes, para escarnio de todos, ha quedado demostrado que jamás la merecieron?

Con los capos reincidentes, tolerancia cero. Pongámonos a corregir cuanto antes las lagunas de un sistema del que se han burlado para que no se repitan más escándalos de este tipo. Y sigamos reforzando las medidas legales, los medios materiales y humanos de los grupos especializados en combatirlos. Sin recortes, sin escatimar medios. Inflexibles en su persecución desde todos los frentes. Galicia es una tierra pacífica, laboriosa y respetuosa de la ley y el orden, cuya visión no pueden empañar casos aislados de narcotraficantes o sus colaboradores, cuyo mejor y único destino es la cárcel.

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