Suscríbete

Faro de Vigo

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

El coñazo de los libros

¿Para qué sirve una mujer?, se preguntaba en plan levemente provocador un imaginario Frente Democrático de Caballeros ideado hace muchos años en Compostela, ciudad de apóstoles y prodigios. La respuesta fue que una señora carece de utilidad alguna, naturalmente. No es un animal como aún creen los devotos de la ley islámica, ni debe ser una sierva de su señor o un trozo de carne que se venda en el mercado del sexo.

"Libre te quiero, como monte preñado de primavera; pero no mía", declaraba a este respecto el poeta Agustín García Calvo en una trova menos famosa de lo que su calidad merece. Quiere decirse con esto que las personas -y a veces, las cosas- no tienen por qué ser medidas en función del valor de uso y cambio que les atribuían imparcialmente Adam Smith y Carlos Marx, Valen porque sí, y punto.

También son muchos los que se preguntan -o ya ni eso- para qué sirve un libro tras la revolución digital que ha convertido ese manojo de papeles encuadernados en una pieza de arqueología. Probablemente para nada, a juzgar por el derrumbe de la edición en papel, apenas compensada por las ventas en formato de e-book.

Reputados a menudo de coñazo, término que la Academia define como "persona o cosa latosa", los libros están perdiendo el viejo prestigio que los adornaba. Atrás quedan los tiempos en que el porteño Borges los reputaba de ser el más asombroso de los instrumentos creados por el hombre, en la medida que eran una extensión de la memoria y de la imaginación.

Poco importa ya que los libros fuesen el origen y fundamento de las principales religiones, no por casualidad llamadas "del libro". Tanto da que se remitan al Corán, la Torá o la Biblia, todas ellas dan un carácter sagrado a la letra impresa.

Ya no es así. Los propios clérigos no tardaron en adjudicar un carácter sospechoso a los libros, que pronto pasarían a ser objeto de prohibición, cuando no de quema pública en autos de fe. Y las nuevas religiones civiles, tal que el fascismo o el comunismo, imitaron a sus predecesoras.

Los nazis entregaron al fuego los "escritos degenerados" de Bertolt Brecht, Albert Einstein, Sigmund Freud y otros diabólicos autores que a su juicio encarnaban el "espíritu anti alemán". Más recientemente, la soldadesca del general Pinochet, en Chile, llevó su celo contra el marxismo al extremo de consumir en la hoguera algunos tratados sobre el arte cubista, en la creencia de que eso tenía algo que ver con Cuba.

A más modesta escala, el libro sigue manteniendo esa antigua utilidad como repelente. Un colega del que esto suscribe se valía de ellos, por ejemplo, para evitar que le robaran el coche. Dejaba en el interior del vehículo -bien a la vista- unos cuantos tomos de autores diversos: y gracias a ese sencillo truco conseguía espantar a los cacos.

Contra esta animadversión general que suscita el libro se ha inventado el Día Internacional de la lectura que se celebra en este mes de abril, tan propicio a las letras, la flores, las repúblicas y las revoluciones de los claveles.

Paradójicamente, el 23 de abril es una fecha fúnebre, elegida en honor al día en el que murieron Shakespeare y Cervantes; aunque esa no deja de ser una singular coincidencia. Lo notable del caso es que se lea cada vez menos, ahora que internet pone a disposición del público la posibilidad de hincarle la vista a cualquier texto sin salir de casa. Mejor esperar a que hagan la película del libro y saltarse el coñazo.

stylename="070_TXT_inf_01"> anxelvence@gmail.com

Compartir el artículo

stats