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Ilustres

La redacción

A J. Fraiz

Después de una jornada agotadora en la redacción del periódico a la que había llegado a primera hora de la mañana, el periodista se quedó dormido cuando anochecía con la cabeza apoyada en los brazos y estos sobre la mesa en la que se amontonaban el ordenador, ejemplares de diarios viejos, un bote con bolígrafos y rotuladores, una libreta de espiral y una taza de café vacía que tenía dibujado el rostro de Truman Capote.

Ya no había nadie más que él en la redacción a la espera de que sonase el móvil y alguien aportara noticias acerca de la desaparición de la muchacha a la que llevaban buscando infructuosamente. Abatido por el cansancio, cedió a la somnolencia que le rondaba y se durmió. Lo cierto es que la imagen resulta un tanto desoladora: una redacción vacía y silenciosa y un hombre que duerme apoyando la cabeza en los antebrazos cruzados. Como si el sueño quisiera reparar el cansancio, hacerle olvidar la tortura de aquellas horas interminables en las que media ciudad se afanaba buscando sin éxito a la muchacha, se vio a sí mismo con nueve o diez años, vestido con pantalón corto y estudiando la asignatura de geografía de la que tendría que rendir examen al día siguiente que volvería a ser una tórrida jornada del mes de junio al cabo del cual vendría el alivio de las vacaciones.

El niño soñado, en una mano sostenía un bolígrafo Bic, con la otra hacía girar un globo terráqueo y viajaba por países que, no podía saberlo entonces, desaparecerían o se independizarían y cuando fuese adulto, muchos de aquellos nombres serían evocaciones de naciones remotas que sólo tendrían sentido en los tebeos, en las novelas infantiles, en los textos de Salgari o de Dumas.

El sol se colaba por la persiana a medio bajar y lo confortó la idea de que de un momento a otro su madre entraría en la habitación, le diría que descansase un rato y pondría sobre la mesa una bandeja con una taza de chocolate y un plato con picatostes, como hacía casi todas las tardes: ese tiempo en el que metía los picatostes en el chocolate y los iba cogiendo uno a uno con la cuchara y llevándoselos a la boca, hacía que la tarea de los deberes fuese una especie de ritual que tenía sentido por la aparición de su madre con el chocolate humeante en una taza de porcelana. El rendido periodista se vio con veinte años menos, haciendo girar sobre su eje el globo con países de distintos colores que lo hacían emprender viajes imposibles y aventuras legendarias; se vio aguardando la aparición de su madre con la bandeja de la merienda; se vio percibiendo el aroma inolvidable del chocolate y sabía que cuando concluyese con los deberes, aún tendría tiempo de bajar al parque y jugar un partido de fútbol con los amigos antes de la hora de la cena porque los días eran largos y felices.

Después soñó con el cuerpo de la muchacha desaparecida flotando en la superficie del río y urdió, una por una, las palabras de la crónica que debería escribir al día siguiente. Cerca de la medianoche lo despertó la sirena de una ambulancia; el cansado periodista abrió los ojos despacio, descubrió el olor familiar de una infancia remota: sin sorpresa, reconoció en la solitaria redacción el antiguo aroma de los picatostes y del chocolate que había empapado tantas tardes de su niñez. En ese instante sonó su móvil: barruntó que iban a anunciarle la aparición del cuerpo de la chica. La certeza desmanteló los olores de la infancia, la contundencia del verano impostado, la fragilidad de una existencia en la que los sueños terminan por pudrirse.

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