12 de noviembre de 2017
12.11.2017
EDITORIAL opinion@farodevigo.es

Galicia sin población, se queda sin futuro

12.11.2017 | 02:34

Tras haber superado durísimas reconversiones y ahora que el empleo empieza a recuperarse después de una crisis económica sin precedentes, sobre Galicia se cierne otra tormenta tan lacerante como las anteriores y con efectos si cabe aún más devastadores a largo plazo. El declive demográfico envejece aún más la población más envejecida de España junto con Asturias, también del Noroeste, en un círculo vicioso que compromete seriamente el futuro de la comunidad. La enfermedad, silenciosa pero letal, avanza implacable sin que nadie hasta el momento haya tenido el coraje y la determinación para hacerle frente. Ni aquí, ni en España ni tampoco en la vieja Europa. El territorio se desangra y parece que nadie sabe cómo contener la hemorragia. La gran reforma pendiente tiene que alumbrar una Galicia más joven.

El panorama demográfico es alarmante y los dos motores que podían moderarlo están gripados. La tasa de fecundidad lleva más de veinte años por debajo del "índice de reemplazo", produciendo generaciones cada vez menos numerosas. Galicia tiene la segunda natalidad más baja y la mortalidad más alta de España. Mueren el doble de los que nacen y la inmigración no carbura. Y se van, sobre todo, muchos de nuestros jóvenes a los que su tierra no es capaz de brindar oportunidades.

Si se mantienen las tendencias actuales, esta será dentro de una década la autonomía española con más porcentaje de mayores de 65 años, con el peligro que ello entraña para la sostenibilidad de las pensiones y demás coberturas sociales. La "tasa de dependencia", que expresa la relación existente entre población dependiente y productiva, pasará a ser la tercera del país casi igualada a Castilla y León y Asturias, que encabezan el ranking, las tres del Noroeste en el grupo de las diez regiones de la UE en peor situación. "Es el ser o no ser; se está gestando una bomba de relojería, un declive al que no se pone solución", advierten al unísono los especialistas en la materia.

Nacen cada vez menos niños. Solo en el primer trimestre del año, por ejemplo, mil nacimientos menos que hace una década, mientras los fallecimientos crecieron un 5%. La esperanza de vida es la mayor de la serie histórica (80 años para los hombres y 86 para las mujeres). Llegan pocos inmigrantes y aumenta la diáspora gallega, mucha con elevada formación. Galicia pierde población, y por lo tanto riqueza, por todas las vías posibles. El resultado es una sociedad irremediablemente condenada por edad a ser cada vez menos dinámica e innovadora, con menor capacidad para contener la caída de la natalidad, tirar del consumo e impulsar el crecimiento.

El problema, ampliamente diagnosticado y descrito, adquiere ya tintes dramáticos sin que los poderes públicos ni los gallegos, al fin y al cabo los principales interesados, parezcan tomar de una vez por todas conciencia de su verdadera dimensión. Desde el inicio de la crisis la comunidad perdió 64.833 vecinos, una población mayor que la de Cangas, Moaña y Bueu juntos. El escenario demográfico es tan dramático que según las propias estimaciones de la Xunta, Galicia podría llegar a 2050 con un 40% menos de la población que tiene en la actualidad, es decir, un millón de habitantes menos, si no logra corregir los saldos negativos de las dos últimas décadas.

Que la bomba acabe por estallar es solo cuestión de tiempo si nadie se apresta a desactivarla. Galicia tiene pendiente otra gran reconversión, la demográfica, que requiere cambios estructurales para los que no valen políticas cortoplacistas porque las que de verdad se necesitan desbordan con mucho el horizonte de una legislatura. Lo más perentorio es crear empleo de calidad que invite a los jóvenes a quedarse en su tierra, si así lo desean, o a venir desde fuera para labrarse aquí un futuro. Pero además hay que apoyar a las familias con muchas más ayudas directas, ventajas fiscales, plazas de guardería suficientes y cerca de los lugares de trabajo, horarios que permitan la conciliación, facilidades en el acceso a la vivienda... ya que con lo implantado hasta ahora, a tenor de lo visto, se está aún muy lejos del objetivo deseado. La natalidad no depende del voluntarismo de la población, sino de las circunstancias económicas. Y la coyuntura no invita a tener hijos. Solo la riqueza y el trabajo que seamos capaces de producir acabarán llenando por sí solos la Galicia vacía.

La falta de políticas demográficas activas y creíbles ha sido una carencia constante de los sucesivos gobiernos, tanto gallegos como españoles y europeos. El presidente de la Xunta, Alberto Núñez, elevó la demografía a reto de la agenda política nacional en la conferencia de mandatarios autonómicos de finales de enero pasado en el Senado. Dos semanas después, el Gobierno central recogió el guante y creó por decreto un Comisionado específico sobre la materia, con la ourensana Edelmira Barreiro al frente. Que haya habido que esperar a esta legislatura para que por fin la lucha contra el envejecimiento adquiera presumiblemente el rango de asunto de Estado, da idea del retraso que llevamos. A la espera estamos ahora de que la iniciativa se plasme cuanto antes en ideas concretas, puesto que de momento, ninguna.

Si difícil era abordar el problema con dinero cuando la economía iba viento en popa, mucho más lo será a partir de ahora, con fondos menguantes. Galicia recibirá de Europa solo las ayudas que sea capaz de pelear, en dura competencia con otras regiones y mayoritariamente destinadas a proyectos de innovación. Y España tiene pendiente la revisión de su modelo de financiación autonómica, donde otros buscan sacar tajada a costa de lo que reciben territorios como el gallego, penalizado por el sobrecoste del envejecimiento y la dispersión a la hora de sufragar los necesarios servicios básicos.

¿No debería ser la demografía un asunto estrella de la agenda política, no solo autonómica, sino nacional y europea? La pregunta no es nueva. Llevamos interpelando sobre ello hace más de una década pero es como clamar en el desierto. El hecho de que mantenga toda su vigencia y de que el declive demográfico se agrave hasta límites sin retorno pone de manifiesto el fracaso colectivo en una tarea fundamental. Galicia no tendrá futuro sin nuevos gallegos que tomen el relevo.

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