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José Manuel Ponte

inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

La casuística del suicidio

Días después de la muerte de Miguel Blesa en una finca de caza de Sierra Morena todavía se discute en los medios sobre la causa del trágico suceso, sobre la azarosa trayectoria del financiero, sobre su vertiginoso ascenso social y sobre su no menos fulminante caída. Para el juez y los médicos forenses no hay ninguna duda, el expresidente de Caja Madrid se pegó un tiro con un arma de su propiedad poco después de desayunar con otros compañeros de partida. Para algunos familiares y amigos, en cambio, aún es posible sostener la tesis de un más que improbable accidente. Entre otras cosas porque no observaban en Blesa un estado de ánimo que pudiera propiciar la terrible decisión de quitarse de en medio para siempre. Además, argumentan, siendo un hombre tan meticuloso y ordenado es extraño que no hubiese dejado una nota responsabilizándose en exclusiva del deceso.

Discutir sobre la causa de un suicidio es una tarea tan enojosa como inútil y poco caritativa. Nunca hay una sola causa, ni un solo estado de ánimo, ni una sola realidad social ni personal, a la que se pueda atribuir el impulso decisivo más allá de ese rincón inaccesible del cerebro humano. Todos habremos conocido suicidas ricos y pobres, alegres y depresivos, jóvenes y viejos, con deudas y sin ellas, con una vida amorosa feliz o desgraciada, religiosos practicantes y ateos irreductibles. La casuística del suicidio es innumerable.

El médico forense Jaime Quintanilla Ulla, que fue el primer alcalde socialista de Ferrol tras la dictadura, escribió un curioso libro, El complejo mundo del suicida, en el que da detalles sobre casos que conoció en su vida profesional. La mayoría macabros. Como el de aquel maderero que dejó ir su cuerpo en la cinta que llevaba los troncos hacia la cuchilla de la sierra. Y otros hasta simpáticos, como el del suicida que deja una nota con el remite de un cementerio, especificando la fila y el número del nicho donde quería ser enterrado. Una anécdota que Quintanilla le cuenta al escritor Manuel Rivas y que este recoge en una entrevista publicada hace años.

El impulso suicida es muy difícil de detectar entre otras cosas porque el suicida no suele dar pistas sobre sus intenciones ni sobre la forma ni sobre el escenario que ha escogido para abandonar el mundo de los vivos. Al cabo de los años, más de doscientos, todavía se discute si el pistoletazo en la sien que se dio el famosísimo periodista Mariano José de Larra ante un espejo tuvo su causa en una inmediata reacción a la definitiva ruptura sentimental que le acababa de comunicar su amante; o, por el contrario, se debió a la fase final de un largo proceso de depresión. Claro que, tampoco son de desdeñar otros factores. El mismo Quintanilla, en su minucioso estudio sobre ese fenómeno en la comarca de Ferrol, apunta a otros como el clima y los vientos predominantes en la boca de la ría, preferentemente los del suroeste y sureste. "Finou porque da boca soplou", dice un conocido refrán. También recoge otras curiosidades estadísticas como la preferencia por el ahorcamiento y el hecho de que casi nadie se suicide con el estomago vacío. Blesa, por ejemplo, acababa de desayunar.

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