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El horno de Forn

El director de los Mossos d'Esquadra, Albert Batlle, dimitió ayer empujado por los vientos purgantes que soplan en la nueva Consejería de Interior catalana. Para no terminar asado en el horno del señor Forn, Batlle se da el piro, mostrando su confianza ciega en que los agentes mantendrán su "escrupuloso respeto y sujeción a la ley". No dice a cuál: si a la española (vigente) o a la catalana, fruto del golpe a la legalidad democrática que está en vías de perpetrarse.

Los Mossos son la clave de la jornada ilusionante del Primero de Octubre, pero el horno del señor Forn necesita más carne para seguir tirando: de nada servirá la renuncia de Batlle si los agentes permanecen fieles a la Constitución y el Estatut, y como se sabe por los principales sindicatos de los Mossos, y se saca en conclusión por la purga de ayer, ésas, hoy por hoy, son sus lealtades.

Pero, leído de otra manera, lo que es un mensaje de firmeza dirigido al Gobierno, un "cuidado con nosotros, que no tememos por nuestro patrimonio", también es un "vamos a tapar vías, que hacemos agua". Ante el temor cierto a que la espantada de Baiget cundiera, se quita de en medio no ya a los temerosos de perder bienes muebles e inmuebles, sino también a quienes no aplauden con las nalgas la gestión del esperanzador futuro que aguarda a los catalanes.

Batlle pringa por eso, porque no se le conoce gesto ni verbo de adepto; pero como no hay dos sin tres, y además se sabe que Puigdemont y Junqueras buscan desesperadamente un error de Rajoy, no hay que descartar que la renuncia forzada de Batlle sea una trampa para tentar al Gobierno a asumir la dirección de los Mossos, en un primer paso de la muy temida (por el Ejecutivo) y muy deseada (por los soberanistas) aplicación del artículo 155 de la Constitución.

Para más adelante, eso sí, que el presidente del Gobierno no es hombre de prontos.

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