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José Manuel Ponte

inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

Porvenir de los jóvenes

¿Si la juventud no tiene un futuro laboral estable -o muy precario- qué futuro le aguarda al resto de la sociedad? O dicho de otra manera, ¿si la sociedad que estamos construyendo -o destruyendo- no es capaz de proporcionar un trabajo medianamente bien remunerado a la juventud, qué futuro podemos esperar?

Según datos de una encuesta realizada por el Banco de España sobre la actividad económica entre los años 2011 y 2014, es decir, en pleno apogeo de la crisis, la renta de los hogares con un cabeza de familia menor de 35 años descendió un 26%, mientras que en aquellas donde había un jubilado con una edad entre 65 y 74 años aumentó en un 2%. La explicación de este contrasentido es fácil de dar. Los jóvenes españoles fueron el sector de población más castigado por la crisis y por la subsiguiente destrucción de empleo porque también eran el grupo de trabajadores por cuenta ajena más fácil y más barato de despedir al haber firmado unos contratos basura. Unos contratos, además, que en caso de ser renovados siempre lo eran con la subsiguiente rebaja de salarios.

Por el contrario, durante ese mismo periodo de tiempo, los jubilados mantuvieron la capacidad adquisitiva de sus prestaciones, entre otras cosas por el empeño del gobierno en convertirlos en uno de los más firmes pilares de su electorado. Una realidad que se ha visto confirmada por otra encuesta, esta vez del Instituto Nacional de Estadística, según la cual los jubilados eran el único grupo de consumidores que ganaba capacidad de compra durante los años más duros de la crisis. Y lo mismo cabe decir de la evolución media del patrimonio que en la franja de edad comprendida entre los 65 y los 74 años pasó de los 358.000 euros en 2011 a los 394.000 en 2014, mientras que entre los menores de 35 años disminuyó desde los 103.800 de media hasta los 80.400 euros. La frialdad de los datos viene a confirmar lo que ya circulaba como dogma de fe en plan coloquial: en muchos hogares españoles se podía llegar a fin de mes gracias a la pensión de los abuelos. Con un cierto desahogo en las familias donde aún trabajaba alguno de sus miembros y con heroicas estrecheces en aquellas golpeadas más intensamente por el paro. Una situación de angustiosa precariedad que dio lugar a algunos casos de siniestra picaresca como el de aquella señora que habiendo muerto el pariente que cobraba la pensión enterró el cadáver en el jardín y siguió percibiendo la renta social hasta que se descubrió el engaño. Durante estos años malos, y que aún serán peores si nos creemos la profecía de Sánchez Ferlosio, nos hemos acostumbrado al tierno espectáculo de los abuelos cuidando de unos nietos cuyos padres no pueden atenderlos o llevarlos a una guardería mientras trabajan.

Todos habremos visto a muchos de ellos por los bares compartiendo el pincho de tortilla o las patatas fritas, y en algún caso el periódico si ya están en la edad de saber leer. Estos abuelos son algo así como los últimos defensores del agónico Estado del Bienestar y merecerían un homenaje colectivo. Pero volvamos a la pregunta del inicio: ¿qué porvenir le espera a una sociedad que no da trabajo a los jóvenes?

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