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A VUELAPLUMA

Es deuda

La secuencia de decretos con la que Trump, como en su día hizo su predecesor, está inaugurando su mandato presidencial genera un curioso efecto en algunos comentaristas. El de subrayar que, en contra de lo que para muchos era la última esperanza, el magnate parece cumplir sus promesas de campaña más altisonantes. O sea, que el candidato Trump no ha mutado al ser investido presidente Trump. El efecto, muy pedagógico, revela hasta qué punto se tiene asumido en las democracias liberales que las promesas están destinadas a camelar al votante antes de ser arrojadas al triturabasuras.

Trump nos habrá recordado, al menos, la necesidad de establecer con la ciudadanía un contrato electoral cuya vulneración conlleve sanciones. Por lo demás, la evidente identidad entre los dos Trump deja temer que el presidente siga haciendo gala de la sed de venganza, el carácter atrabiliario y los modos mafiosos que durante 45 años caracterizaron al negociante. Lo que, sin duda, movería a lamentar que, al fin, Trump no se hubiese revelado como un simple mentiroso convencional.

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