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Faro de Vigo

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Ilustres

España (y II): el amigo catalán

Hace medio año cerrábamos España I con esta frase: "Alguna tragedia común ha 'envidriado' el pasado, ensombrecido la grande comunidad de los pueblos de Goya, Valle, Buñuel, Picasso, Dalí, Casals, Falla, Lorca, Serrat, Sabina. ¿Qué Ocurrió?"

Hoy contestamos amparados en el Paraninfo del Instituto Otero Pedrayo, con Cervantes contemplando la joven gavilla de profesores y alumnos reunidos en la celebración del cuarto aniversario de El Quijote bajo el auspicio del Padre Feijoo, que preside. Sucedió que tras esta breve presentación:

Lo que dice Cervantes de nuestro pueblo es lo más profundo que jamás nadie ha escrito, su mirada a la humanidad no es que no haya perdido actualidad, la gana cada día. Para empezar, El Quijote muestra la lucha por la libertad, el amor, la justicia, la razón? Todos los personajes son la encarnación intemporal y realísima del eterno combate por la superación de la ignorancia, el engaño, la falsa ilusión, la mentira, la temeridad y las frustraciones? Y lo más importante: proclama sin cesar que la belleza y el gozo de vivir forman parte de la dimensión más humana; que somos la encarnación de la razón de amor. Y aquí está lo cervantino: lo que importa por encima del éxito o del fracaso de nuestra aventura es la lucha por mantener su dignidad con buen ánimo.

Llegó el silencio, cerramos la pantalla en que bregaba sin descanso el recio Quijote de M. Gutiérrez Aragón, es decir, Fernando Rey, con Alfredo Landa de escudero, y nos despedimos. Un estudiante se acerca y nos pregunta: ¿Es ésta la verdadera interpretación final de la obra? Improvisamos una respuesta: es un pensamiento sobre la lectura.

Algo debió quedar en el aire porque la pregunta del joven nos acompañaba por la rúa Villar y el héroe quijotesco cabalgaba en nuestro pensamiento; al llegar a la rúa Cervantes nos decía: El Quijote anda como perdido en el mundo de la realidad degradada, empeñado en devolverle el ideal. Nos impresiona su imagen de soledad, y no parece entender nada de lo que ocurre alrededor, pero ¿hay mejor consejero en asuntos de humanidad? El hecho es que nos mantiene en la incertidumbre de estar jugando a ser el centro de su pequeño mundo, con sus ilusiones, sus tareas desorbitadas, atrevidas y jamás imaginadas; un juego que le permite mantenerse de pie con dignidad, nada menos, mientras que en otras aventuras entra en la raíz de la existencia trascendente.

Nos paramos pensativos en la plaza Mayor. ¿Sostener el ideal golpeándose contra la realidad? Tiene que ser; el mundo y la conciencia crecen uno en el otro. Uno con otro en movimiento que cambia y evoluciona: el juego de vivir no parece ser más que vivir aprendiendo que somos una contradicción absoluta: nacer para la soledad y desvivirnos en busca de los demás hasta el final? Suenan las dos y pico en el reloj; levantamos la cabeza; es la Casa del pueblo. Nadie ha contemplado a su pueblo como Cervantes: la aristocracia degradada, los cortesanos exentos, el orgullo algo vacuo de sus letrados, el corralito de los concejales pastoreando a la gente del común entregada a su oficio; el mundo alucinado por la pasión, el ardor y la inteligencia del amor, los suicidas, fugitivos y perseguidos torturados todos por la belleza, el talento y la independencia del corazón. El populacho reunido en torno a la corrupción de los poderosos y sus casas de juego, la estela estremecida del poder, las guerras, los sufrimientos y exilios?

¡Oh, si los estudiantes pudieran entrar en este tablado mágico?! ¿Qué pensará el joven estudiante de lo que ve, de lo que ocurre en el pueblo, de lo que oye, le cuentan y siente en nuestros días? Posiblemente, que vive en un país abandonado al desgobierno, al poder cómplice de clanes inciviles que asaltan el derecho de gentes, que no se preocupan del trabajo, de las necesidades? Alguien sensato podrá hacerle ver, tal vez, que el pueblo resiste y se indigna, y respeta la paz y exige el cumplimiento de las normas. Pero, ¿y ese doble lenguaje de los líderes, sus palabras falaces para bordear la ley de leyes, los anuncios repetidos de ese maravilloso proceso de recuperación de las identidades históricas, estados nuevos en donde reinará la felicidad?

Es posible que levante la cabeza y mire alrededor, a su gente distraída en la tarea, en el descanso familiar, en la compañía de sus próximos, en los salones y paseos y terrazas. Imaginemos que vuelve con el pensamiento al Paraninfo cervantino y recuerde El Quijote, la visión penetrante y melancólica de un hombre que conoció este pueblo recio, divertido, cambiante y soñador. Es posible que a esa luz surja la canción desesperada de un pueblo que ama y mata lo que quiere, que trabaja y roba los esfuerzos comunes, que reza y odia con pasión, que sueña con naciones noche y día, con ínsulas, paraísos, repúblicas, monarquías, interregnos?, es posible. Pero este pueblo que se pasa la vida tejiendo transiciones para irlas destejiendo, dejándose la piel en forjarse enemigos donde no hay más que ciudadanos como él, al fin, no es más que un pueblo cervantino: paz en la guerra y guerra en la paz; ni Europa, ni África, España, que dios proteja, un pueblo de esperanza vital en donde todos aprendemos a reír y a llorar a garrotazos.

Ian Kershaw habla de las naciones en donde la ausencia de circunstancias revolucionarias o contrarrevolucionarias, la ausencia de disputas territoriales, ambiciones imperialistas satisfechas (o inexistentes), y finalmente, un sentido de identidad nacional extraído de la estadidad constitucional y no de la etnia y la cultura, hace posible la convivencia en paz. Evidentemente no es el nuestro, en donde la paz de espíritu ciudadano está 'envidriada' y sometida a tormento. Aquí sobrevivimos a las ilusiones nacionales, lenguas milenarias y culturas dignísimas que nos roban el suelo bajo los pies, el ideal de convivencia compartido y el lenguaje claro con el que ir construyendo el presente. Amanecemos en procesos amasados con palabras de doble filo, interpretaciones enrevesadas, legalismos virtuales y juramentos de ceremonia que nos dejan como al pobre don Quijote, colgados de la cuerda, al frío de la noche, apenas sostenidos con la punta del pie, la mirada puesta en la luna.

"Porque él quedó tan cerca del suelo, que con los extremos de las puntas de los pies besaba la tierra, que era en su perjuicio, porque, como sentía lo poco que le faltaba para poner las plantas en la tierra, fatigábase y estirábase cuanto podía por alcanzar al suelo, bien así como los que están en el tormento de la garrucha (?), engañados de la esperanza que se les representa que con poco más que se estiren llegarán al suelo" (I, 43)

Hace cuatrocientos años que Cervantes vivió y murió sin dejar de mirarnos. Ahora nos toca a sus hijos contar nuestras historias lo más claras y meditadas que podamos. ¿Son estas historias las nuestras? Los estudiantes están esperando nuestra contestación más meditada.

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