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Faro de Vigo

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El gobierno de la institución provincial

El reto del Sr. Caballero

La aplastante victoria del Sr. Caballero en su candidatura a seguir llevando el bastón de alcalde ha sido un claro testimonio de que la ciudadanía reconoce como positiva su gestión al timón de la nave municipal

La aplastante victoria del Sr. Caballero en su candidatura a seguir llevando el bastón de alcalde ha sido un claro testimonio de que la ciudadanía reconoce como positiva su gestión al timón de la nave municipal, pero en la clave del triunfo hay que incluir la evidencia de que ha habido un contundente voto de merecido castigo para el principal partido de la oposición

Y es así, porque su falta de colaboración, cuando no obstrucción, a necesarias reivindicaciones de Vigo y en fragante contradicción con la actitud de sus correligionarios en otras ciudades gallegas, ha sido penalizada en unas urnas que estimaron la prioridad de la ciudad sobre posicionamientos partidistas.

Nadie duda de que un buen porcentaje de tradicionales votantes del Partido Popular han hecho un alto en el camino y en esta ocasión optaron por otras siglas, lo que, en definitiva, es un acertado ejercicio de democracia y sin que suponga patente de corso, ni que sea necesariamente extrapolable a los comicios de las elecciones generales. Una cosa es el mantenimiento de la propia vivienda y otra lo que atañe a la comunidad de vecinos.

El Sr. Caballero se ha hecho acreedor de una sincera felicitación y el reconocimiento de una victoria por goleada sin precedentes. Pero la felicitación precisa un toque de atención, porque todo se ajusta a los parámetros de un asiento contable, en el que cada partida exige una contrapartida y también el indiscutible éxito de Don Abel le enfrenta a un reto especial. Y no solo por la exigencia de que cumpla sus promesas electorales, sino porque al perder el comodín de una oposición con capacidad para abortar iniciativas será único responsable -él y su equipo- de los fracasos y fiascos, sin poder escudarse en las trabas de una oposición impotente ante tan cualificada mayoría absoluta.

Nueva situación, pues, a la que hay que conceder la presunción de esperanza, que sería deseable trajese cierto cambio de talante, precisamente acorde con recientes manifestaciones del reelegido alcalde, en las que se apunta a una actitud de humildad. Porque el máximo respeto y el agradecimiento por disfrutar de una ciudad humanizada -salvo por la numeración de las casas, que brilla por su ausencia-, limpia, excepcionalmente dotada de árboles y flores, con difícil parangón, no debe ocultar el deseo de templanza y moderación con el propio ego y, sobre todo, que en vez de buscar enfrentamientos con los rivales políticos, se intente un dialogo afable, sin perder firmeza, que seguramente ayudaría a conseguir logros que el enfrentamiento ahuyenta.

Siendo lícito mostrarse orgullosos de los éxitos y mejoras de la ciudad, para poner las cosas en su sitio, convendría volver la vista atrás y recordar importantes aportaciones de otros alcaldes. Por fortuna. hay bastantes ejemplos, como la apertura de la Gran Vía, la presa de Eiras, el establecimiento de la Universidad, la urbanización del polígono de Coia, monumentos como los caballos de Plaza de España y pescadores del inicio de Gran Vía, etc. Tal visión retrospectiva no niega que el Sr. Cabalero sea un buen alcalde, porque sin duda lo es. Y como yo lo creo así, confío se acepte este conato de sermón, preñado de buenas intenciones y con la ilusión de obtener frutos de una constructiva crítica.

Cuatro años por delante en los que, Dios mediante, seguiré viéndole en los programas televisivos en que desborda conocimiento de la ciudad y celebraré que las interpelaciones telefónicas positivas continúen oscureciendo las negativas; evidencia de que habrá sido capaz de salir airoso ante el serio reto a que se enfrenta. Y, por supuesto, que sigamos saludándonos con la afabilidad de siempre, ya que aunque podamos diferir en la táctica, jugamos en el mismo equipo y la copa la alzaríamos entre todos.

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