La tarea de encontrar hoy algún pontevedrés vivo de 94 o 95 años al menos, que hubiera estudiado de niño en el colegio de los maristas de Campolongo se antojaba una tarea casi imposible. Sin embargo la persona que buscaba se encontraba justamente en el portal al lado de mi casa, donde todavía vive para contarlo don Amancio Landín Carrasco.

Por ansiar su ingreso en aquel colegio donde iban sus hermanos mayores sufrió un castigo implacable de doña Estrella Berride. Cuando aquella maestra solterona se enteró por algún chivato malintencionado del anhelo de Amancito, lo puso sine die de rodillas junto a su mesa. Tamaño castigo por preferir los maristas a ella misma; o sea mucha penitencia para tan poco pecado. Nuestro protagonista recuerda muy bien como salió de aquel embrollo:

"Una sobrina de la profesora se apiadó de mi situación e informó a mi padre de aquel castigo injustificado. Y su reacción fue fulminante: ¡A partir de mañana no volverás a ese colegio! Así logré ir a los maristas".

Camino de los 96 años, don Amancio desgranó la otra tarde los recuerdos más vivos de su paso por los maristas. Su cabeza sigue espléndida, sin perder un ápice su sentido del humor tan conocido.

"Su método pedagógico no era otro que la letra con sangre entra. Entonces se aceptaban tales prácticas con bastante naturalidad entre nuestras familias porque la sangre no llegaba al río". Y enseguida completó este destello memorístico:

"Coscorrón tras coscorrón el hermano Pablo, que era español y no francés como la mayoría de los maristas que estaban allí, logró que yo aprendiera las matemáticas y me familiarizara con las ecuaciones. Eran buenos maestros".

De este episodio brota otro con el nombre de dos queridos amigos: Fernando Alonso Fuentes, hijo de don Pantaleón, el jefe de Aduanas de Pontevedra. Y también Santiago Flórez de Losada, luego compañero de habitación durante la carrera de Derecho. Los tres coincidieron durante su infancia en los maristas de Campolongo.

Don Amancio guarda un gratísimo recuerdo de Diana, una perra muy querida por todos los alumnos, que campaba a sus anchas en aquella finca enorme. Tampoco olvida sus campos de deportes, pista de tenis incluida. Y rememora con nostalgia sus fiestas de disfraces que tanto le gustaban.

Tan marista se volvió, que cuando ya cursaba la segunda enseñanza en el Instituto llegó a echarles una mano con los alumnos más pequeños como ayudante provisional en sus aulas del colegio de la calle Peregrina que los maristas abrieron más tarde.