José María Aznar, el día 8 de mayo, en la presentación que hizo a título personal del primer candidato del PP, intentando disimular su contrariedad por el hecho de haber sido apartado de nuevo de una campaña electoral de su partido, y tras advertir sobre la amenaza que suponían los populismos para el futuro de la Unión, afirmó lo siguiente: "En España, históricamente las europeas no han servido para descargar el mal humor del electorado, sino que han anticipado tendencias. Se han ganado o perdido elecciones generales después de haber ganado o perdido elecciones europeas". A continuación, destacó la importancia de las elecciones, la dificultad para ganarlas y la necesidad de estimular el espíritu europeísta. Luego guardó un silencio que aún dura. Su discurso es una lectura aconsejable en estos días. Será por puro azar, pero el análisis poselectoral está planteado en los mismos términos que las palabras de Aznar. En las sedes de los grandes partidos y en las redacciones de los periódicos se ha colado la intriga sobre lo que sucederá en las elecciones locales y generales que serán convocadas el próximo año, ya veremos en qué orden.

Cualquier proyección bien fundada debe partir de una comprensión certera de lo ocurrido el pasado fin de semana. El escrutinio ha dejado constancia de un cambio en el comportamiento electoral de los europeos. Ahora es preciso calibrar correctamente las dimensiones de tal cambio. La evolución de los resultados desde las primeras elecciones, celebradas en 1979 en Europa y en 1987 en España, indica sobre todo continuidad en las preferencias de los votantes. La mayor variación se ha registrado en el nivel de participación, que ha caído desde entonces, de forma ralentizada o brusca, en 20 puntos. En estas elecciones, el porcentaje de votantes se ha mantenido en torno al 45%, mientras que al mismo tiempo la movilidad del voto ha sido más intensa que nunca.

En Europa, la imagen que mejor refleja el cambio es la fuerza adquirida por los partidos populistas y, en particular, su ascensión a lo más alto del podio electoral en varios países del núcleo de la Unión. Para ilustrar el cambio electoral en España, sin embargo, es necesario recurrir al menos a tres datos: el desplome de los apoyos a los dos partidos mayoritarios, la progresión de los partidos soberanistas, que se ha convertido en victoria en el caso de ERC en Cataluña, y la fulgurante irrupción de Podemos, una nueva fuerza política de izquierdas, de perfil aún poco definido, que no tiene precedentes en nuestra reciente historia. El cambio en España tiene, por el momento, un alcance limitado. Por un lado, el PP y el PSOE mantienen su hegemonía electoral, aunque, eso sí, ha sido abiertamente cuestionada por primera vez en las urnas, el lugar donde los votantes ya no discuten, sino que sentencian. Ninguno de los dos ha caído derrotado, como los republicanos y los socialistas en Francia. Por otro lado, la fisura más grave se ha producido en el espacio electoral de la izquierda. Lo que para el PP puede ser considerado una sacudida fuerte, para PSOE e IU ha sido una profunda fractura en el subsuelo electoral de ambos.

Los meses que siguen serán una prueba tras otra para comprobar la consistencia de los nuevos alineamientos electorales. En las próximas elecciones conoceremos los resultados de esas pruebas. En el mercadillo electoral habrá un gran bullicio. La actividad política tendrá un ritmo frenético. Todo el mundo, de una manera u otra, tomará parte en ella. Los partidos, viejos y nuevos, y los electores, votantes y abstencionistas, más los de izquierdas que los de derechas, mantendrán una pugna sin tregua en la arena política, que más que una pelotera embarullada debería ser una gran conversación sobre nuestra democracia. El riesgo de caer en la mera discordia existe, porque en estos años hemos descuidado mucho los hábitos democráticos y los resultados del domingo presagian una tendencia a una mayor polarización política en la sociedad española, al acercarse al centro de la esfera pública fuerzas que hasta ahora ocupaban diferentes esquinas. Ciertamente, el panorama está dominado por la incertidumbre. El domingo, en España, una nueva cultura política, que ya había aparecido en Europa en las últimas décadas, presidida por otros valores y una relación diferente entre partidos y electores, se manifestó de forma contundente a través del voto por primera vez. El detonante ha sido la crisis. Pero su fuerza es limitada y pone en evidencia un dualismo político en la sociedad española que no permite vislumbrar con claridad el futuro que nos aguarda.

De las elecciones del domingo podrá decirse que no tienen el carácter determinante que se les adjudicó, pero salta a la vista que menos aún han sido intrascendentes. En la coyuntura actual, en la política española nada es irrelevante.