Al salir del colegio electoral, dice un amigo: "No he votado". ¿Y eso? "Sergio Ramos no está en ninguna papeleta". Río la broma, pero me quedo cavilando. La participación española ha sido prácticamente igual que la de 2009 y hubiera sido peor sin el subidón catalán, animado por un amor coyuntural ante el riesgo de quedar fuera. No funcionó el llamamieento repetido hasta el empacho: "Todos a votar, nos jugamos más que nunca". La abstención, habitualmente explicada como lejanía o ignorancia de Europa, careció otra vez de una campaña inteligente sobre el respaldo que necesita la Unión para no seguir retrocediendo en los alineamientos del poder mundial y ser, por ello, más eficaz para España. Además, Europa no es popular en el subconsciente colectivo, que la responsabiliza del sufrimiento nacional después de haber sido la gran esperanza. En resumen, una forma de euroescepticismo.

El gol decisivo de la Champions, con los reyes y el presidente del Gobierno en la tribuna, fue prioritario en los comentarios del domingo electoral. Todos los medios y espacios informativos le dedicaron sus portadas, y las colas ausentes en los colegios tenían poco que ver con las masas celebrantes del golazo, presenciales en Madrid o glosadoras en el resto del territorio. No parece lamentable que las cosas sean así, ni que las ciudades parecieran fantasmales en la tarde-noche del sábado.Todo iría peor si las tribulaciones ahogaran el entretenimiento. El problema reside en que la pasión despertada por el agónico partido de Lisboa tenga en las urnas el más elocuente contrapunto de apatía. Es duro constatar que la cosa pública no ofrezca equivalencias políticas con los Sergio Ramos, los Marcelo, Bale y Ronaldo.

Cierto que en el resto de la Unión escasearon los resultados mejores y los hubo incluso peores. En unos casos por pasar largamente de Europa y en otros por resentimiento. Pero es tan cierto el hecho de que los ganadores netos se reclamen de ultraderecha, xenófobos y antieuropeos. No cambian las mayorías, preventivamente llamadas a una gran coalición si preciso fuere. Pero poco puede esperar la causa común de un Parlamento trufado de energúmenos como los del Frente Nacional (erigido en primer partido de Francia), los de la Ukip británica que pisa los talones a conservadores y laboristas, el Amanecer Dorado de Grecia, los austriacos, los daneses y demás enemigos de Europa, todos crecidos por el boom electoral. De poco ha valido a la cámara sumar setenta nuevas competencias legislativas desde el Tratado de Lisboa, aprobar mil reglamentos y directivas durante la pasada legislatura o tener en sus manos la presidencia de la Comisión. Aunque no la escuchen, está sonando la hora de pasaportar a los "míster" que no valen, como acaba de hacer el Barça con el tata Martino.